viernes, 13 de septiembre de 2013

VIEJOS Y NUEVOS COMPROMISOS Y FAVORES



A finales de la década última del siglo y del milenio, recién estrenada la treintena, mi vanidad y mi incertidumbre se dejaron tentar por el falso hechizo de la tertulia en algún que otro tugurio literario, y caí precipitadamente en una vorágine de llamamientos noctámbulos, lecturas poéticas autóctonas, frivolidades de velador decimonónico e incontables presentaciones públicas que -entre cigarrillo y cigarrillo, entre cerveza y cerveza, entre adulación y flirteo- traicionaban la intimidad de mis verdaderas apetencias, pero que, también, durante algo más de una década, me ayudaron a sobrevivir y a fortalecerme en un clima infestado de desaires conscientes y de envidiosos ninguneos y de enemistades perennes.

He aquí la escueta serie de textos que he podido recuperar (pues hubo al menos otros tantos que se me extraviaron o que improvisé sobre notas garabateadas in situ: mejor para todos), ora impresos a modo de prólogo o de columna subliminal en alguna revistilla sin historia ni porvenir, ora simplemente leídos a viva voz ante la mirada indagadora y el oído heterogéneo de los circunstantes.


[ 1 ]
UN INTRUSO LLAMADO PASCUAL GARCÍA


Diario 16-Murcia,
29 de octubre de 1995

La república literaria está de enhorabuena. La república literaria, que por supuesto es soberana y que no admite bajo su cielo ni la arbitrariedad amistosa ni la falsa adulación provinciana, que es implacable al conceder visados de residencia y que no registra más frontera que la demarcada por el buen hacer y la honestidad sin paliativo, conoce nuevo huésped. La república literaria, esa vasta geografía de soledad e incertidumbre que descree de honores mundanos, porque confunden el camino, y donde solo unos poquitos, los más osados, conviven a su modo con esa otra incomprensión, la fama -Borges díxit-, mientras el resto se contenta con deambular por sus avenidas como páginas en blanco y siempre con la duda a cuestas sobre si avistará o no su Ítaca imposible; esa república, digo, ya alberga en una muy digna pensión para recién llegados pobres y jóvenes y periféricos (Los Libros de la Frontera & Editora Regional de Murcia) un título escueto, providencial, definitivo, y el nombre exacto y el apellido humilde -en cuya alianza alguien podrá leer no solo el origen, sino también la explicación de su presente y hasta el porvenir que le aguarda, como otros leen el mensaje callado de los astros- de su artífice.
Pascual García García (Moratalla, 1962) fue doblando sin prisa el equipaje de sus obsesiones en una tierra pobre, fronteriza, ajena al tumulto de la gran urbe y casi de espaldas a él; en unos años de frío migratorio y de dos días de tren y de pies que se hunden en el fango ajeno de un país vecino; en unos años de cometas al viento de los cerros y de dedos entumecidos entre granos de aceituna y de callejones que conocen la crueldad magnífica de los juegos infantiles; en unos años de paradojas sin escrúpulo, de abierta lucha entre los progresos aparentes de la ciencia moderna y la mirada cauta y dócil de quienes ya no podían caminar con nosotros porque el curso despiadado de la historia les había cercenado los miembros y la fe para otra cosa que no fuera el manejo paciente de la azada y el pan duro de la sumisión. Pascual García, por edad al menos -“Nací bajo / los cerros (y me criaron las palabras) / el año en que murió borracho Faulkner”, ha escrito-, ha sabido aún de las interminables trasnochadas junto al fuego del hogar, allá en la sierra, ha escuchado las historias de hombres que fueron llamados a las guerras de otros para después contarlo con una risa necia y orgullosa y con un puñado de tabaco de picadura moviéndose entre sus dedos, ha pertenecido a la calle como a un lugar mítico donde convergían la inocencia atroz y el misterio que la legitima y la orfandad momentánea pero ebria de tribalismo cuando tras una guerra de piedras con los muchachos de otro barrio sangraba a chorros la cabeza de alguno y había que correr al médico para que el médico cosiera. Pascual García, también, ha sufrido sin duda por esa clase de resignación feudal que en aquellos años muchos de su generación y de la mía ya no sabíamos compartir con nuestros mayores, y contra ella se rebelaba nuestra sangre nueva de pioneros que empezaban a estudiar para sacar una carrera que les diese la posición que sus padres no tuvieron, la única carrera de toda la estirpe pero que para ellos -no para nosotros- significaba la redención final, el objetivo cumplido, atentos entre tanto nosotros a un universo pudoroso de fantasías y de clandestinidades librescas que era como el vaticinio irrenunciable de la soledad y el sello del escritor que hoy, aquí, nombramos.
Entiendo que lo primero que debe hacer un artista es expatriarse; y lo segundo, no olvidar sus orígenes. A mi juicio, Pascual García ha observado ese estricto itinerario y ha aprendido mucho en la travesía, de modo que en El intruso se nos revela ya con un pulso seguro, dominador absoluto de una atmósfera literaria que no evade aquella realidad vivida, o lo esencial humano de aquella realidad vivida: antes al contrario, bucea en ella y chapotea con prudencia para salpicarnos descarnadamente, sin concesión alguna, con un manojo de historias que casi nunca se resuelven accionando el botón mágico del cierre-sorpresa, sino en el recodo diez veces más denso donde por lo común transcurre la mayor parte de nuestras vidas: en la sospecha, en el vacío subjetivo, en lo incierto cotidiano con que continuamente nos asedia el revés de la memoria y del olvido, en ese límite difuso donde el chantaje del tiempo modela seres con caras de fracaso, seres que, en los relatos de Pascual, sin embargo, suelen ser aún capaces de sentir y esgrimir las más duras emociones. Relatos con conflicto dramático, imbuidos de malentendidos y de paisajes de fondo gris que se diluyen en el trazo seco de los caracteres, que no es preciso perfilar porque aquí los gestos, los diálogos y sobre todo los silencios dicen más de lo que el narrador sabe o intuye o desea sugerir.
No hace mucho declaraba Augusto Roa Bastos que la literatura se estaba convirtiendo en un ejercicio de play-boys. Hace todavía menos, Antonio Muñoz Molina se quejaba en un artículo de que a los pijos les había dado ahora por la literatura, pero que no estaban dispuestos a dar su vida por ella ni a llevarse un mal rato. Si esto es así, si el artista que viene quiere ser un pijo o un play-boy, entonces la república literaria tendrá que endurecer aún más su régimen de visados para residentes y va a tener que clarificar mucho más las cosas. La arbitrariedad comercial de las grandes empresas editoriales no acompaña; el paladar deshabituado de la masa amplia de lectores, tampoco. Lo único que nos queda es la palabra de los verdaderos, la autenticidad sin trampa de jóvenes que, como Pascual García con El intruso, han llamado sin arrogancia pero firmes -“una sola cosa, entre muchas, me parece insoportable para el artista: no sentirse ya al principio”, apuntó en sus diarios Cesare Pavese- a las puertas altas de esta república y han hallado la recompensa del tesón y la felicidad del recién llegado. Tal y como está el mundo de las letras, sacar la cabeza en medio de tanto niño pijo subvencionado por papá, y de tanto play-boy con hambre de recepciones tumultuosas, y de tanta soberbia provinciana y baldía, se me aparece como un acto de intrusismo necesario y valiente que el tiempo, como siempre, se encargará de corroborar y sancionar. Y tú que lo veas, Pascual.


[ 2 ]
PRESENTACIÓN DE LA COLECCIÓN DE POESÍA “BOLARDO”


Leído en una cervecería de Murcia
el 14 de diciembre de 1999


            El pasado jueves, 9 de diciembre, el poeta Antonio Marín Albalate marcó los nueve dígitos del teléfono de mi casa y me levantó de la siesta para sugerirme tímidamente, proponerme amistosamente y, al fin, invitarme formalmente a ser el presentador o conductor ocasional de este acto.
            El viernes, 10 de diciembre, marqué yo, a mi vez, los nueve dígitos del teléfono de la casa del poeta Juan Acebal (que no sé si haría la siesta en ese instante) para concertar un encuentro y así poder documentarme como es debido sobre los pormenores de este acto que yo había aceptado presentar o dirigir por dos razones: porque soy amigo del poeta Antonio Marín Albalate y porque soy amigo del poeta Juan Acebal.
            El sábado, 11 de diciembre, me encaminé hacia esa cafetería del centro en la que habíamos quedado Juan y yo, y en esa cafetería del centro nos tomamos dos martinis blancos (uno cada uno) con las inevitables aceitunas, y nos fumamos tres o cuatro cigarrillos mientras poníamos a parir a determinados poetisos y/o poetisas que crecen como hongos en ciudades como esta y que salen hasta de debajo de las piedras, al amparo generoso de eso que algunos llaman poesía de la experiencia, pero que no debiéramos en ningún caso confundir con la experiencia de la poesía. En la terraza de esa cafetería del centro, en la calle, agradecidos del sol y de las palomas y agradecidos también, por qué no decirlo, de las eventuales adolescentes que se acercaban y desaparecían sin ningún recado para ninguno de nosotros, estuvimos hablando más de una hora de algunos proyectos nuestros, y creo que los dos echamos en falta al común amigo Antonio (sobre todo porque sabíamos que se estaba perdiendo la visión idílica de las eventuales adolescentes que se acercaban y que luego desaparecían sin ningún recado para ninguno de nosotros). También allí Juan me entregó los números 0 y 0 de estas libretas fabricadas, a mi juicio, con tanto gusto editorial, libretas que inauguran la Colección Bolardo de Poesía bajo el novedoso sello de Nausícaä y con excelentes y sugerentes dibujos de Kiker en su portada.
            El domingo, 12 de diciembre, me desperté a las ocho y media e hice el amor con la mujer que despertó a mi lado, y después de tan dulce desayuno busqué los poemas de Juan y luego los de Antonio aquí recogidos y los leí como es de recibo que los lea un mero lector de poesía: procurando no pensar en que esos eran los poemas sobre los que tendría que hablar en mi presunta presentación de esta noche. Me afeité, me duché, me puse guapo y me fui al bautizo de la niña de un amigo mío que ya se llama María del Carmen (la niña, claro), como su madre. Por la tarde alquilé el vídeo de la reciente versión de Lolita y, a eso de las ocho, empecé a sentir más arriba del estómago ese acceso de mala leche que a los que tenemos la increíble suerte de tener un trabajo fijo y una nómina estable nos suele dar todos los domingos a eso de las ocho, porque es a eso de las ocho cuando ya percibimos la terrible asechanza de otro lunes con sus leyes.
            El lunes, 13 de diciembre, estuve de mal humor durante toda la mañana, hasta que caí en la cuenta de que el mal humor no me lo producía el hecho de que fuese lunes, sino la mala conciencia de saber que tenía que presentar este acto y que, a falta tan solo de unas horas, no había escrito ni una triste palabra que justificase mi multiplicado compromiso: compromiso con la poesía de Antonio Marín Albalate, que ha ido ganando con el tiempo como dicen que le ocurre al buen vino; compromiso con la poesía de Juan Acebal, autoexigente y matemática hasta llegar a la sangre, si hace falta; compromiso con esa amistad que a ellos les ha llevado a contactar conmigo y a mí a responder que sí quiero acompañarlos en este acto; compromiso con un proyecto editorial tan rejuvenecedor y encomiable como este de Nausícaä; y compromiso sobre todo conmigo mismo, no por mí, que no soy nadie, sino por mis padres, que me enseñaron a cumplir mis promesas y a no prescindir de lo bueno que mis padres me enseñaron.
            La tarde del lunes (esto es, ayer por la tarde) volví a leer los versos de Juan y los versos de Antonio, intentando, ya sí, no ser un mero lector de poesía, sino un lector de poesía que tiene que hacer de presentador y dar alguna pista sobre el calibre poético de estos versos sin que me traicione la lógica benevolencia de quien, además, presume ser amigo de los autores de los versos. Pero no conseguí anotar nada digno; más aún, mi conciencia se rebelaba contra cualquier intento de disección de unas imágenes que se muestran en sí mismas, por sí mismas, y que emergen ya desde la felicidad intuitiva de esos títulos: Donde acaba el horizonte, Al sur de la luna. Al sur de la luna y Donde acaba el horizonte superaban cualquier palabra que yo pudiera emplear para aprehenderlos, no porque no haya palabras o yo no sepa encontrarlas (basta con abrir el diccionario), sino porque siempre he pensado que de los versos que nos gustan lo único que estamos autorizados a decir es eso, que nos gustan, y quien quiera darse por aludido que acuda a ellos y descubra si su gusto coincide o no con el nuestro. Cualquier disección es una especie de crimen, aunque se haga con fines muy honestos y muy benéficos, pero la disección del objeto artístico no tiene otro fin que el apropiarse mefistofélicamente del secreto, de la exquisita alquimia que algunos seres elegidos (llámense poetas, músicos o pintores) están llamados a fraguar y a transmitir con el barro artesanal de sus manos. Todo lo demás es carroñería literaria, y lo dice alguien que está destinado a diseccionar literatura todos los días de lunes a viernes, hasta el jubiloso día de la jubilación.
            Hoy, martes, 14 de diciembre, finalmente me he dicho: Pedro, son las cinco menos cuarto y tu actitud no tiene disculpa; así que siéntate ahora mismo y escribe lo que se te ocurra para acompañar a tus amigos en el acto de esta noche. Y me he sentado. Y he empezado a escribir lo que ya me han escuchado. Y ahora veo que quizá me estoy extendiendo demasiado sin haber llegado a ninguna parte, o quizá con la intención consciente de no querer llegar a ninguna parte que no sea la constatación de lo que yo ya sabía, porque yo ya había leído otros libros de Antonio Marín Albalate y había leído otros libros de Juan Acebal: la constatación de que en esta época nuestra tan nutrida de imposturas y de pretendidos y pretenciosos vates, es casi un milagro encontrar dos voces como la de Antonio y la de Juan, dos voces que por supuesto han bebido de otros poetas y se han alimentado de ellos, pero dos voces que no se conforman con repetir el eco de sus lecturas, y dos voces que podrán gustar o no gustar, pero a las que no se les puede negar el valor de seguir arriesgando en su solitaria búsqueda de la Palabra única, de la Palabra con mayúscula que es la materia de la verdadera poesía.
            Juan me exigió que no fuera demasiado alabancioso, y yo no voy a serlo, no porque él me lo exigiera, sino porque no es mi estilo, y él y Antonio y quienes me conocen lo saben. Solo quiero añadir que la poesía es para leerla y hacerla tuya si la necesitas (como dice el cartero de Neruda), y los poetas son para olvidarlos cuanto antes, porque la mayoría de las veces los poetas ensucian, ensuciamos, con nuestras dosis respectivas de falsa modestia o de real inmodestia, ensuciamos, digo, esos renglones que escribimos con la vana pretensión (toda pretensión es vana, de acuerdo, pero en arte, además de vana, es pretenciosa) de que justifiquen y demoren nuestra existencia fugaz y casi siempre indecorosa. Y como no me gusta usurpar protagonismos, aprovecho para felicitar a los autores por sus poemas y a Nausícaä por ser el instrumento de su divulgación; y a ustedes, a vosotros, os pido mil disculpas por el tiempo que os he robado con la excusa fenomenal de la Poesía.


[ 3 ]
A MARCELINO MENÉNDEZ, POR SUS VERSOS
Prólogo a Carrusel de poemas, Editorial Azarbe, Murcia, 2006.


Escrito el 28 de febrero de 2006

Entre las pocas convicciones que sustentan mi trasiego íntimo por el ámbito de los libros y la literatura, quizá la más innegociable de todas sea mi descreencia radical respecto de la utilidad objetiva de los prólogos. Más aún, entiendo que las narraciones y los poemas que colman de luz nuestras humanas soledades debieran nacer, por decreto, huérfanos de padre y madre, porque ese padre y esa madre y también el inopinado padrino que circunstancialmente los arropa y los bendice -sin quererlo, sí, incluso con la mejor de las intenciones- están hurtando a la literatura su ser verdadero, esto es, su vocación libertaria y libertina, y de paso limitan y pervierten el supremo don de soberanía en su enjuiciamiento estético que requiere el buen oficio de lector.
Así pues, estas palabras preliminares de este prologuista ocasional no caerán en la común tentación de ponderar con la acostumbrada benevolencia del caso los magníficos versos del excelente volumen que el lector (avisado o no) tiene ahora en sus manos. Sostengo, y a menudo lo repito en petit comité, que todo afán, si obedece a un estímulo creativo y propende a glorificar un estilo o una estética, merece ya de entrada nuestro respeto; pero cuando tal afán cristaliza en la persecución de las palabras de una lengua para que estas palabras y esa lengua declaren y expresen las emociones, los sentimientos y las ideas que nos definen como lo que somos o queremos ser -como seres humanos, nada menos-, entonces a mí se me antoja que esa es la fórmula más excelsa que conozco de coronar la travesía de la vida, de cualquier vida, y de tocar, en parte, el corazón de su sentido.
El poeta Marcelino Menéndez ha alcanzado esa regia virtud -rara, minoritaria, hasta no ha mucho repudiada- a una edad en que tantos hombres y tantas mujeres de nuestro país dilapidan las hojas de su otoño jugando a la brisca y al parchís en los intitulados centros de mayores, o metiendo una moneda tras otra en la tragaperras melodiosa de la esquina, o agonizando de recuerdos y de olvidos delante de un triste televisor crepuscular, o viajando de balde para ver al fin la Santa Cruz de Caravaca y las playas enfermas de Benidorm o Torrevieja. Miro a Marcelino Menéndez y comprendo que se ha hecho aún más hombre y más persona frecuentando las tertulias provincianas y los recitales poéticos que nos regala a veces alguna institución pública, y leyendo toda la poesía que poco a poco ha caído en el regazo cálido de su inquietud inquebrantable, y probando él, por qué no, a descubrir como un adolescente absorto la magia antigua de las palabras que todavía anhelan su lugar exacto en el espacio de la página, esa inefable tentación que gozamos por igual los poetas menores y los poetas mayores y medianos, llámense Walt Whitman o Pedro López, Antonio Machado o Marcelino Menéndez.
Enhorabuena, amigo Marcelino, por la modesta osadía de tu empeño dignísimo, y ojalá que los poemas que hoy divulgas en el alegre recipiente que es el libro acierten a encontrar a su lector ansiado, nuestro gemelo, ese ser sin rostro que se confabula en el afán de los artífices para terminar arrebatándoles la verdad intransferible que subyace en cada verso.




[ 4 ]

EL FINAL DEL PRINCIPIO
Epílogo a La locomotora (revista del IES
Mariano Baquero Goyanes), nº 1, junio 2006.

Lector, has llegado con nosotros al final del primer viaje de esta locomotora nuestra que hemos dado en llamar, no por causalidad, La locomotora.
Cuando iniciamos la travesía, allá por el mes de diciembre de 2005, albergábamos todas las incertidumbres y todas las ilusiones que caben en el corazón de los espíritus emprendedores. Sabíamos que no iba a ser fácil que fructificase un proyecto de revista tantas veces esbozado y tantas veces suspendido durante los tres lustros que ya hace que el instituto Mariano Baquero vigila desde su atalaya de ladrillo el paso de los trenes que van y vienen con su cotidiano traqueteo y su silbato esporádico. Así que desde muy pronto, desde el instante originario en que los compañeros del Departamento de Lengua Castellana y Literatura dieron su aprobación y comprometieron su entusiasmo, La locomotora se convirtió para mí en un reto personal de proporciones inverosímiles; reto que más adelante, informados los jefes respectivos de los distintos departamentos didácticos, se tradujo en la esforzada fe de un grupito de tres personas -no me resisto a darles nombre: Pepe Mula y Paco Cánovas, pues el tercero es quien esto firma- motivadas por una extraña complicidad; personas que al fin se han sometido a la inercia irreprimible de toda una comunidad educativa que, así lo hemos experimentado, estaba necesitada de este vínculo de papel y de tinta para renovar, con él y en él, tanto su identidad como el legítimo orgullo de pertenecer no a un centro cualquiera, sino exactamente al Mariano Baquero de Murcia, ya sabéis, ese que queda junto al paso a nivel en el número 88 de Torre de Romo.
Una revista no surge de la noche a la mañana, y precisa de la generosa implicación de muchas almas y voluntades, pero también de muchas manos hacendosas. Nuestra idea, desde los albores, fue procurar que La locomotora sirviese al más elemental principio de la antigua pedagogía, cual es el natural encuentro y entendimiento entre el profesor de la materia y su grupo de alumnos. Por eso, en la medida de lo posible y salvando nuestra inexperiencia en estas lides, se ha evitado la apropiación de las páginas de la revista por parte del profesorado, y se ha recomendado en todo momento la colaboración real entre aquel grupo de alumnos y aquel profesor suyo que habría de indicarles el camino a seguir entre los raíles. Porque -ahora lo sabemos- una revista es un viaje con muchas ventanas y con muchas paradas, con muchos túneles también, con muchas llamadas a esos viajeros despistados que sin embargo no debieran perderse este tren, con muchos andenes como páginas donde poder sentir la nostalgia anticipada del que parte y la impaciencia creciente del que espera. Y una revista es sobre todo la confortable certeza de un vagón que a nadie excluye y que compartimos eventualmente con otros, o de una hilera de vagones que se suceden en la común esperanza de alcanzar la alegría de su destino.
En mi nombre y en el de los dos profesores arriba citados -solía decir el abuelo que con tres patas se hace un banco-, quiero manifestar nuestra gratitud a todos los alumnos, profesores y demás miembros del IES Mariano Baquero Goyanes que de algún modo se han implicado en la forja de esta primera salida de La locomotora. Confiamos en que, conforme vayan pasando los años y los cursos en el calendario inexorable, y a la par que ellos también las personas que les dan voz y sentido, este número uno se consolide en la memoria como una bonita referencia en el horizonte inequívoco de su largo y venturoso viaje.
Que así sea.
 


[ 5 ]
EN BUSCA DEL BELÉN ORIGINAL
Prólogo a En busca del belén original, de José Rogelio Fernández Lozano
(en Teatro infantil y juvenil, vol. 4, Ayto. de Moratalla, 2007).


Escrito el 31 de enero de 2007

No hay verdadero teatro sin su pizca esencial de didactismo; y no hay mejor pedagogía que la que se hermana en un tronco único y definitivo con el gozo de los sentidos. Algo así, o parecido, debió intuir el clásico cuando pensó y desarrolló la dualidad del docere/delectare, esto es, del enseñar deleitando o viceversa. Y algo no muy lejano de esta premisa es lo que de fijo habrá observado el entrañable José Rogelio, autor de esta pieza, antes de ponerse a escribirla con la inocente vocación de un niño, pero también con los ojos consecuente del indudable adulto.
En busca del belén original se sirve de las figuras del Belén como símbolo primario del ser y del sentir cristianos, y de ahí nos lleva hacia una reflexión cabal, cercana y rotunda, a propósito del tortuoso derrotero que ha seguido la celebración de la Navidad en las sociedades más modernas, hasta desembocar en la consabida falacia del mercantilismo sin escrúpulos. La obra se estructura en seis escenas, marcadas cada una (salvo la primera, que plantea el leve conflicto mediante aplazamiento del villancico) por la irrupción en el Belén de algún elemento que le es extraño, casi antitético, significado sucesivamente en los mundos prototípicos de la moda, de la política, de las finanzas y del consumo. Hay anacronismos superpuestos que sin embargo ayudan a interpretar el alejamiento de aquel Belén fundacional; hay guiños sarcásticos que rozan lo grotesco en la caricaturización de los políticos contemporáneos; hay una exposición crítica del suculento negocio en que hoy en día hemos convertido todo aquello que, en su raíz, no fue sino la conciencia serena de la paz interior y el alegre encuentro con nuestros semejantes. En la escena final regresan, ya reconvertidos y arrepentidos por la propia fuerza de la tradición o de la fe, el modisto, el político, el rico y el comerciante; mientras que el epílogo cierra en clave de happy end, con el certero mensaje en que se condensa la anécdota: esto es, que el auténtico Belén no es sino “esperar con gozo y alegría la venida del niño Dios”. Es, pues, el momento de que el Pobre (no podía ser otro el que asumiera ese rol) consiga cantar su sincero villancico, tantas veces aplazado. 
De nuevo, el teatro ostenta la sabia potestad de reconciliarnos con nuestras verdades más íntimas y, vigorizando los valores en que se sustenta y cifra nuestra especie, nos hace más humanos, nos hace más nosotros, nos hace más personas.


[ 6 ]
SOREN PEÑALVER EN EL INSTITUTO


Leído en el IES Poeta Sánchez Bautista
(Llano de Brujas, Murcia) una mañana de marzo de 2009

Presentar a nuestro invitado de hoy es un grato atrevimiento, y es, al mismo tiempo, una temeridad, porque tanto la sencillez y amabilidad de su persona como su profunda dimensión intelectual y artística son de sobra conocidos en los ambientes literarios de Murcia. Así que no me voy a extender.
Soren Peñalver es un poeta de formación autodidacta, que se ha ido haciendo a sí mismo. Su curiosidad y su búsqueda de la novedad en la poesía y en el arte no tienen fecha de caducidad, permanecen indemnes a través de los años, pues continuamente sigue descubriendo nuevos libros y autores en culturas a veces muy lejanas de la nuestra –libros y autores que luego nos ofrenda generosamente a los asiduos lectores de su página semanal en el diario La Opinión.
Uno de los mayores méritos de Soren es su autenticidad, es decir, la sensación que uno tiene de que cuanto dice y escribe está impregnado de verdad y de vida, de una vida –la suya- que ha transitado por los parajes de la Grecia antigua, o por el exotismo inigualable de su amada Turquía, o por el paisaje vaporoso y decadente de la puritana Inglaterra. Porque Soren es, sin duda, el autor más cosmopolita, más abierto al mundo y más integrador de las diferentes culturas, de cuantos circulan hoy por las calles y plazas de Murcia, y lo es porque desde sus primeros años supo aceptar la diversidad como riqueza, o como un don de la inteligencia, y porque sabe muy bien que ante esa diversidad que nos caracteriza, al ser humano solo le queda un camino sensato, que es el camino del respeto y la tolerancia. 
Soren Peñalver, por todo lo dicho y por lo que él va a deciros dentro de unos momentos, es ya un personaje imprescindible de nuestra identidad regional, una presencia muy próxima que siempre estará ahí para ayudarnos a salir de nuestro ensimismamiento provinciano y a recuperar el trato con la belleza de lo extraño, con la singularidad de lo exótico. Sí, es un personaje, pero por encima del personaje estará siempre la persona: un hombre de carne y hueso que irradia sensibilidad y que allá donde vaya se pondrá del lado de los oprimidos, de los marginados y de los vencidos en esa incansable búsqueda de la belleza a través de las palabras. 
Aquí tenéis, pues, a quien desde hoy se convertirá en una referencia para aquellos de vosotros que ya albergáis algunas inquietudes en la poesía y en la literatura. La charla comienza ahora, pero tratándose de Soren Peñalver nunca se sabe cuándo ni cómo acabará, porque él es uno de esos seres maravillosos que siempre parece estar llegando y nunca se va del todo.


 
[ 7 ]
SOBRE PALABRAS QUE CUENTAN


Leído en Murcia, el 30 de abril de 2013



Buenas noches a todos los protagonistas, sean héroes o antihéroes o lo que se sitúa entre ambos extremos; y buenas noches también, sobre todo, a los personajes que saben asumir su destino de secundarios, y al vasto grupo de figurantes que en algún momento han sido o todavía son parte de esta historia de la que ya se han escrito veinticinco capítulos y que cobra nombre de instituto de enseñanza, de enseñanza pública.
Entre todos los que, de una u otra forma, desde este o desde el otro lado del atril, hemos sido llamados a colaborar con nuestra presencia o incluso con nuestras palabras en el desenlace de este acto institucional, conmemorativo, y más o menos solemne, entre todos ellos, digo, me temo que ha sido precisamente a mí a quien le ha tocado lidiar la faena más desfasada, la más anacrónica de cuantas se han previsto.
Sí, no exagero: he subido hasta aquí para anunciar el feliz alumbramiento de un nuevo libro, o lo que es lo mismo, he ascendido a este estrado para presentar al público algo que a mí nunca dejará de sorprenderme, una cosa rectangular, de hechuras delicadas y de un peso tan leve que puede sostenerse sin esfuerzo en la palma de la mano, un artefacto confeccionado con finas tiras de papel (que llamamos páginas) en cuyo interior se suceden ristras paralelas de signos (que llamamos renglones) y provisto de una bonita cubierta, suave al tacto, que se dobla por el lomo para que destaque una portada en la que se postula un título (Palabras que cuentan) y en la que excepcionalmente se admite el generoso soporte de un subtítulo (en nuestro caso, Concurso de Cuentos IES Mariano Baquero, 2002-2012).
He dicho que mi faena resultaba ser un suceso anacrónico, y he dicho bien. Sé que el mero intento de presentar un libro, esto es, de anunciar un volumen que se construye a base de papel y de tinta y de un porcentaje incalculable de fantasía, empieza a ser un empeño del pasado en estos tiempos de novedades informáticas y de ingenios digitales; así es, un curioso anacronismo cuyo vaticinio sabrá reconciliarse con el futuro inevitable a la vuelta de muy pocos años, tal vez menos años de los que la antigua legión de los lectores más románticos nos atreveríamos a sospechar. Seguirán escribiéndose historias porque no faltarán talentos con imaginación para escribirlas, y seguiremos leyéndolas porque las necesitamos para saber y sentir nuestra naturaleza humana; pero el libro, tal como lo hemos conocido hasta hoy, desaparecerá irremediablemente, y poco a poco lo iremos remplazando por otros formatos acaso más prácticos, y entre las evocaciones de los más nostálgicos y las rarezas de los nuevos coleccionistas, al fin lo terminaremos relegando en nuestra memoria y triunfará como reliquia en los desvanes del olvido.
Me he tomado la libertad de deslizar este guiño apocalíptico sobre la actual cultura que fundó su reino en el universo de los libros, pero no por ello faltaré a mi palabra de presentar, aquí y ahora, este espécimen nuestro, tangible, que me he comprometido a presentar pese a su gradual (y me temo que irreversible) proceso de extinción.
Así pues, señoras, señores, estimado público: bienvenido sea Palabras que cuentan, título de la antología de relatos que reúne, en sus 194 páginas, una década completa de historias originales que han ido mereciendo, curso a curso, la distinción del jurado en el certamen literario que convoca el Departamento de Lengua Castellana y Literatura del IES Mariano Baquero Goyanes, para alumnos de la ESO, de Bachillerato y de Ciclos Formativos, matriculados en cualquier instituto de la Región de Murcia. Debemos resaltar en esta aventura editorial el afán altruista, desinteresado, por amor al arte, de unos cuantos profesores hoy ya jubilados, y debemos insistir asimismo en el protagonismo absoluto de los jóvenes autores cuyos textos se recogen aquí y también el de aquellos otros que se quedaron en el camino de las deliberaciones. El resultado de esta empresa compartida nos confirma en la antigua convicción de que la creatividad hay que provocarla, de que el incentivo de los talentos no cuantificables como contenidos objetivos de un currículo es sin duda un pilar básico en el arduo proceso de enseñanza-aprendizaje que se origina en las aulas.
El volumen, por cierto, incorpora uno de esos prólogos que, sin que sirva de precedente, no conviene saltarse, pues se trata de una reflexión lúcida y entrañable, al tiempo que una lección magistral sobre el género cuento y sus derivaciones teóricas, a cargo del profesor Abraham Esteve, alguien que tuvo la fortuna de disfrutar del magisterio y la proximidad humana de Mariano Baquero Goyanes, don Mariano, aquel maestro de tantas generaciones de filólogos del que toma su nombre, y con él su contrastado prestigio académico, el centro de enseñanza, de enseñanza pública, que nos vincula.
Precisamente con un fragmento de Baquero Goyanes, extraído de un artículo de 1962 que tituló La educación de la sensibilidad literaria, me apetece concluir esta breve intervención, porque entiendo que viene muy a propósito para subrayar la importancia que el ejercicio de la docencia alcanza a la hora de acunar y potenciar en los jóvenes sus inclinaciones literarias, sea como meros lectores o, en el caso del libro que nos ocupa, como precoces escritores que en esta publicación ven recompensados su talento y su esfuerzo.
Cito:
Un buen gusto literario instintivo es capaz de reaccionar contra falseamientos e imposiciones. Pero a determinadas edades, en sensibilidades jóvenes y vacilantes, la responsabilidad educadora es grande.
Creo que todo profesor de literatura ha conocido o conoce casos de estudiantes en los que se percibe algo así como el aprisionamiento de su sensibilidad literaria, encerrada en caminos que en un tiempo se le prefijaron y de los que ya le resulta difícil salir. Me parece que ha de ser misión del educador aumentar y ensanchar esos caminos, hacer que las posibilidades de reacción de la sensibilidad del alumno crezcan de día en día, en vez de limitarlas o recortarlas con prejuicios.
Y más adelante:
Resultará siempre muy difícil ganar a un estudiante para la lectura y el goce de una obra literaria si el profesor no está también ganado de antemano por ella. Rara vez podrá lograrse un impacto y una vibración en la sensibilidad del escolar provocadas por una lectura si esta no los ha conseguido asimismo en el profesor. […] Es desde la capacidad de entusiasmo del profesor desde donde ha de conquistarse la atención del alumno. Entre la mirada de este y el texto literario se encuentran, encarnadas en el cometido del profesor, el riesgo y la belleza de una de las más difíciles etapas de la educación: la de la sensibilidad del hombre, es decir, la del más delicado sector de su espíritu.
Muchas gracias.

TAMBORES DE MORATALLA



Nunca más: eso me había dictado mi orgullo apenas ocho años atrás, aún reciente la experiencia paradójica (o agridulce, esto suena más castizo) de aquel pregón en el que vertí unas cuantas verdades incómodas con motivo de las fiestas patronales de mi pueblo. Pero cuando se te viene a buscar en persona, sin ceder a la neutralidad quirúrgica de un teléfono, y cuando a tu negativa y a tus reparos iniciales se te responde que no, que si te han elegido ha sido a sabiendas de que tú no tienes pelos en la lengua y harás un discurso honesto para decir honestamente lo que te dé la real gana, entonces tus propósitos más firmes se hacen un nudo de vanidad en la garganta y no encuentras otro remedio que aceptar el honor y ponerte en ese mismo instante a indagar en los recuerdos, a reordenar en tu memoria las vívidas imágenes de tu infancia y de tu adolescencia y de tu juventud moratalleras, a pensar las palabras precisas que quieres hilvanar para que una a una fructifiquen en ese texto que será leído de pie, con micrófono y atril, en solemne acto, frente a varios centenares de paisanos. Esta vez no hubo desafectos, y esta vez los de la Asociación de Tamboristas agradecieron el trabajo e incluso nos llevaron a celebrarlo y no olvidaron publicar aquel pregón en un lugar destacado de su revista.



PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE MORATALLA

Leído en marzo de 2004,
 en el Teatro Trieta de Moratalla


Señor Alcalde y demás representantes del municipio, miembros de la Asociación de Tamboristas, paisanos y paisanas, entrañable pueblo, buenas noches: 
Confieso que presentarme hoy aquí, ante ustedes, para pregonar la inminencia en el calendario de la Semana Santa de Moratalla -mi Semana Santa, nuestra Semana Santa- supone ya, de entrada, un gesto de atrevimiento por mi parte, o acaso una dulce temeridad, pues comprendo que las raíces festeras y las tradiciones ancestrales de un pueblo como este, que por fortuna todavía se sabe, se quiere y se siente pueblo, son tradiciones y raíces que no necesitan de pregonero que las pregone, son tradiciones y raíces que se pregonan por sí mismas, cotidianamente, en el día a día de su vivir pausado y en el talante innegociable y en la idiosincrasia de esas gentes -ustedes, nosotros, nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos- que, generación tras generación, hacen y hacemos posible la restauración casi mágica de su misterio imponderable.
No obstante, consciente de que no me será fácil expresar y decir con palabras de este mundo lo que nuestra Semana Santa ha significado y sigue significando aún para muchos de nosotros, para quienes la hemos mamado en el sentido más noble del término, he de admitir desde un principio que me siento en deuda con el grupo humano que constituye la actual Asociación de Tamboristas, y en particular con aquel o aquellos que hayan podido indagar mi nombre y sus circunstancias, y que lo han propuesto y lo han designado al fin entre el de tantos candidatos y candidatas tan valiosos y valiosas como pueda serlo yo: sinceramente, no es falsa retórica reconocer, aquí y ahora, que cualquier moratallero y cualquier moratallera, cualquiera de ustedes que me escucha, cualquiera que haya notado alguna vez cómo se le erizaban los poros de la piel al paso de un nazareno dispersando su redoble por una callejuela del pueblo, cualquiera, insisto, es digno de ocupar este sitio de honor, y cualquiera está legitimado para cubrir las exigencias de este papel que hoy, a mí, se me encomienda.
Así que asumo el reto desde la humildad de mi persona, pero también, por qué no, recojo el testigo orgullosamente, gratificado de antemano por la distinción que se me hace y que yo jamás esperé. Confío en que la modestia de mi ciencia y la pequeñez de mis argumentos no desdore el brillo y la solemnidad de este acto que ya se dibuja como pórtico institucional de un rito colectivo, compartido, con el que cada año, cada doce meses, todos los moratalleros recobramos sensaciones que nos pertenecen desde que nacemos y que nos unen hasta que morimos, porque es en esas sensaciones comunes donde precisamente se afianza nuestra cultura de pueblo, y donde se explican asimismo nuestras razones y nuestras sinrazones, nuestros encuentros y nuestros desencuentros, nuestro ser y nuestro no ser; en definitiva, es ahí donde hemos de buscar y tratar de entender el código genético de nuestra identidad moratallera.
Suele decirse que no hay verdadera fiesta sin víspera de la fiesta, y en el caso de la Semana Santa de Moratalla este es un principio que se cumple con creces, pues nos consta que durante varias semanas -digamos meses- no son pocos los que dedican sus mejores afanes y desvelos a la puesta a punto del primer y casi exclusivo protagonista de la fiesta: el tambor. No en balde, y no por casualidad, entre nosotros lo corriente es preguntarnos, por ejemplo, en qué fechas caen este año Los Tambores, o resaltar con júbilo que ya falta muy poco para Los Tambores, o soñar con que les haga buen tiempo a Los Tambores; y es que -vale afirmarlo así, y que nadie se moleste- la Semana Santa de Moratalla no es sino la Fiesta de los Tambores, siempre lo fue, siempre lo ha sido, y nuestro modo particular de celebrarla conserva, a mi juicio, un lejano regusto carnavalero que ni siquiera nos emparenta con las decenas de pueblos del Bajo Aragón, del Levante o de la Andalucía Oriental que, como el nuestro, también hacen sonar sus tambores.
En cuanto al nazareno, tampoco el de Moratalla es como los demás, ya que ni se subyuga a la comparsa ni cede casi nunca a la uniformidad del grupo, sino que se revela ante el mundo absolutamente consciente de su estampa altanera, generoso en gestos, soberbio, ufano de un inopinado privilegio que a menudo se traduce en reto: reto a la autoridad, reto a la fortaleza física y a la resistencia, reto a los recovecos del destino, reto al propio concepto de la vida. Contra lo que algunos entendidos dicen entender, yo no creo que se trate aquí de emular la pasión de Cristo, representada en el sacrificio a veces cruento de cargar con un tambor durante horas y días; antes bien, nuestro nazareno adopta y consume un perfil distorsionador y altivo al propio tiempo, en el que no se atisba ocultación ni voluntad de anonimato. Con capirote de cartón en punta o sin él, mostrando o no el rostro, nuestro nazareno gasta una figura insólita y sin duda pintoresca para quienes nos visitan, un cuadro en discreto coqueteo con la extravagancia de las formas que se cubre de oropeles paganos y de retales y de perentorias insignias que en poco o en nada participan de la pretendida espiritualidad que se gestiona en estas fechas.
Frente a la sobriedad del culto cristiano que emana de los templos; frente al efectismo pasional que se incauta del paso riguroso de los cofrades en procesión; frente a la mística y al recogimiento devoto y a la paradójica parafernalia con que se escenifica muchas veces el martirio y la crucifixión de Cristo; frente a la espectacularidad de los desfiles que se suceden estos días bajo acordes fúnebres en tantos pueblos y ciudades de España; frente a todo eso, aquí, en Moratalla, en el pueblo que nos vincula, lo que se adivina y se vive es otra cosa bien distinta. Aquí, en Moratalla, me parece a mí que obedecemos a la glorificación del exceso y a la celebración sin concesiones, y lo hacemos mediante una fórmula particular, vitalista, consagrada a una estética donde se apuesta por lo informe y donde triunfa lúdicamente una modalidad del caos. Aquí, pertrechados en nuestro antiguo individualismo y sedientos de anarquías sensitivas, renunciamos al lucimiento corporativo de una imagen procesional y a sus aristas cortantes, apolíneas, y trocamos todo ello por el desacuerdo que impera en la confección de túnicas y capirotes y en la forma de llevarlos, y por supuesto lo trocamos por el libre albedrío de nuestro toque, de ese toque característico que nos distingue dondequiera que vamos con nuestros tambores y que se constituye -insisto- en una suerte de homenaje colectivo al estatuto soberano del caos, un caos armónico -si se admite decirlo así-, un caos resuelto a medio camino entre la música y el ruido, mas sin someterse a uno ni a otra, un caos dignificado en una especie de limbo del sonido donde nunca falta el ritmo, ni la secreta cadencia, ni la pausa oportuna, y donde la suprema habilidad del buen redoble juega con la intensidad en altos, medios y bajos, y con los tempos lentos y rápidos, hasta cautivar cuerpos y almas con una embriagadora espiral que centrifuga cuanto alcanza.
Dije que no hay fiesta grande que no tenga sus vísperas, y he de añadir que las vísperas de los tambores duran lo que dura el proceso artesanal de fabricarlos, desde que las pieles se ponen a remojo y se afeitan y se ajustan al cerquillo y se dejan secar, hasta que la más o menos reciente novedad de los tornillos da el último apretón, la última vuelta. Y, si hablamos de vísperas, no quiero pasar por alto para ustedes que a mí, al pregonero de esta noche, me vinieron a nacer justo en mitad de un mes de enero, en una calle de nombre Palomar Bajo, y resulta que -por el favor inescrutable de ese destino que al redactar estos párrafos se me antoja profético- en esa misma calle, a tan sólo unos metros de mi puerta, tenía instalado su taller de tambores el Antonio El Belenes, en un recinto bajo que, si bien recuerdo, era propiedad del Pepe del Motocarro. Así que, puesto que vi la luz con quien me la dio -mi madre- a eso de la media tarde, no es descabellado conjeturar que los primeros sonidos que me brindó la vida fueron probablemente los de algún redoble extraviado en los laberintos de mi desmemoria. Dicho de otro modo: yo cumplí mis primeros meses y mis primeros años olfateando la promesa cercana de las pieles de cabra y de las pieles de oveja, y fui creciendo sin apenas darme cuenta en ese ambiente próvido de chimenea de leña y de patata asada y de bota de vino que a los críos nos mandaban a reponer en cualquier bar, y se me fueron acostumbrando las orejas a las voces cascadas y a las toses rancias de nicotina de aquellos hombres que entonces me parecían enormes y que se pasaban noche tras noche, entre porrazo y porrazo al tambor, hablando en su jerga de cerquillos, cordeles, aros, cajas, bordones, tripas, llaves, vueltas, cinchos, palillos, etc.
Poco más tarde -yo ya tendría seis o siete inviernos- El Belenes trasladó sus arreos a la antigua casa del Tío Tieso, pegada pared con pared a la nuestra, y en torno a ese local de módicos atardeceres prosiguió el trasiego diario de gentes que venían a dejar sus viejos tambores o a encargar otros nuevos, y que luego volvían para verlos ya armados y apretados, y para probarlos entre trago y trago y casco de patata asada, y para llevárselos de aquella calle Palomar Bajo que hoy no puedo menos que mitificar para ustedes, una calle que los muchachos de aquel entonces colonizamos y poseímos casi con atrocidad compulsiva, palmo a palmo, de luz a luz, ávidos y libres y despreocupados como sólo los muchachos de aquel entonces podíamos y debíamos serlo. Recuerdo el dibujo exacto de cada fachada, los balcones, los escalones, los zócalos de grava y cemento, los callejones a oscuras, los surcos de la lluvia en la tierra. Lo recuerdo todo, sí, con esa necia nitidez emotiva que solo de vez en cuando se impone y reverdece en la memoria cansada del adulto, de este adulto en el que evidentemente ya me he convertido. Cierro mis párpados y puedo aún distinguir el trecho desde el Poyo Rastrojo al Poyo de La Morena, y si los mantengo cerrados un momento desfilan ante mí los sucesivos rostros de un ayer marchito que se grabaron para siempre en mi retina de niño y que han sobrevivido perezosamente en cada uno de sus nombres con artículo y también, cómo no, en cada uno de sus apodos, para que hoy, aquí, en esta velada propicia, aquel que entonces fui sienta la necesidad de rescatarlos para ustedes de las fauces feroces del olvido: el Tío las Coles, el Juan Domingo y la Ramos, el Ángel el Cabañil y la María la Feliciana, el José el Chole y la María de la Posada, el Juan el Zapato y la Dolores la Virgen, la María Jesús del Candelo, el Pepe el Peña y la Sacramentos, la María del Rojo, la Morena, el Manolo o la Juana la Gaspara; y también familias enteras que se fueron ampliando a la par que la mía, como aquella del Bautista, o la del José el Vici, o la del Jesús del Llano, o la de la Carmen del Picante, o la del Pepe el Roto. Es sorprendente pero los recuerdo a todos, y sus ojos de entonces me miran como si no hubieran pasado ya treinta años, quizá porque todos y cada unos de ellos han sido y han fijado la verdad íntima de aquella calle que yo pisaba con voracidad de niño tímido, mientras El Belenes seguía con el trajín de sus pieles y con el arreglo de sus tambores, y mientras los números del almanaque discurrían sin tregua hacia la mañana del Jueves Santo, de cualquier Jueves Santo.
Esa mañana Moratalla ve surgir poco a poco a los nazarenos, que pintan sus calles y plazas con la cartografía proverbial de un arcoíris dinámico, y Moratalla escucha esa mañana el rumor creciente de oleadas de tambores en una sintonía de confusiones que finalmente cristaliza en un amplio y legendario sonido. Mi primer y único tambor fue uno de 35 centímetros, de cordel, que mis padres me compraron sin haberlo pedido, junto con una túnica granate, de costuras y botones amarillos, que me hizo una modista de la calle de Santa Ana. Aquel 35 de cuerdas lo toqué durante muchas temporadas, y le rompí más de una piel en aquella misma calle donde sucedió mi infancia, entre el estruendo ensordecedor de otros muchachos y los ecos que nos atronaban desde las dos plantas con balcones del Belenes. Otras veces me aventuraba en excursión con mi primo Fede, que ya en aquella época tenía su flamante 40 de tornillos, y nos íbamos a la Glorieta o a la Plaza de la Iglesia para regresar al rato sudando a mares y con amplias ampollas en las palmas de las manos. Y así, yendo y viniendo, subiendo y bajando con el tambor a cuestas, se nos pasaban las horas del Jueves Santo y luego las del Viernes Santo, y casi nos daba pena que se acabara el Domingo de Resurrección, porque sabíamos que, ya sí, había que desarmarlos hasta el año siguiente. Y así, yendo y viniendo, subiendo y bajando con el tambor a cuestas, pasó cada Semana Santa de nuestra niñez, y cada Semana Santa de nuestra adolescencia y de nuestra juventud, hasta alcanzar a esta de 2004 que ya tenemos en puertas y que -así lo entiendo yo- se resuelve en cada una de las otras como el reverso mágico de una fotografía amarilla en la que de pronto descubrimos que, lamentablemente, ya no somos los que fuimos ni están todos los que estaban.
En fin, no quiero concluir sin agradecer de nuevo el que se me haya brindado la oportunidad de recordar, para mí y para ustedes, esta fiesta nuestra de los Tambores de Moratalla, y espero que la sinceridad y el sentido tono de mis palabras contribuya, siquiera sea moderadamente, a pregonar el genuino encanto y la excepcionalidad que destilan nuestras tradiciones. Sé que la Semana Santa que hoy siento pertenece a otro tiempo y a otra calle, acaso a otra persona que ni siquiera es ya quien les habla; pero sé también que jamás volveré a recuperarla con tanta vehemencia y precisión como esta noche en que, misteriosamente, puedo escuchar en la distancia los golpes secos y el afanoso redoble de aquel niño en aquel tambor de 35 centímetros, de cordel aún, que, extraviado en el desván de la nostalgia y en otros desvanes que no digo, solían apretar cada año, año tras año, las manos curtidas y diestras de mi padre.
Muchas gracias.

LECTURA (PARCIAL) DE UNA TESIS DE DOCTORADO


“No se engañe nadie, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio, / pues que todo ha de pasar / por tal manera”. Con esta sextilla manriqueña principié, en febrero de 2006, la presentación de mi libro La sonrisa vertical. Una aproximación crítica a la novela erótica española (1977-2002), título que se constituía en la secuela impresa, definitiva, de una tesis de doctorado perpetrada en su mayor parte durante el verano de 2001. En los años previos, prácticamente desde 1994, había imperado la lectura errática de bibliografías, el miedo a redactar algún capítulo que le fuese dando forma, la incertidumbre y la parálisis de quien no alienta ambiciones académicas en la universidad y, en fin, el abandono intermitente del proyecto. Pero una tarde de mayo supe casi por casualidad que mis créditos se agotaban en poco más de tres meses, y que si no culminaba el trabajo en ese plazo tendría que someterme a nuevos trámites administrativos, incluidas matrículas y reingreso de tasas. Espoleado por la urgencia, leí y anoté veinte novelas eróticas en veinte jornadas, al tiempo que urdí un plan para someterlas a estudio y análisis crítico comparado en cuatro semanas más. En septiembre se encuadernaron las copias requeridas, se constituyó el preceptivo tribunal afín y se fijó fecha para la lectura pública. Nunca antes, ni después, recuerdo haberme reprimido tantas ganas de evacuar como en aquellas tres horas eternas que pasaron entre mi exposición, el sesudo comentario de cada uno de los cinco sabios y las preguntas y respuestas que exigía el protocolo. Sobresaliente cum laude. Almuerzo entre doctores.     




Leído en una sala de la Facultad de Letras
de Murcia, el 30 de noviembre de 2001


Antes de adentrarme con mayor detalle en las singularidades técnicas y estructurales del trabajo de investigación que aquí se presenta, no me resisto a dedicar unas pocas líneas preliminares a esos balbuceos y requiebros, a veces inconscientes, pero sin duda imprescindibles, que se atisban en el origen de cualquier empeño humano, de cualquier empresa, por pequeña que sea, apuntalándola en su concreto o sinuoso devenir y, también, seguramente, determinando la fortuna de sus resultados ulteriores.
Hace, pues, la friolera de catorce años, cuando se iniciaba el curso académico 1987-1988, los azares de mi formación universitaria me condujeron a un aula de estas dependencias y me pusieron en contacto con un profesor para mí desconocido que impartía entonces la asignatura de Semántica, adscrita al programa de 3º de Filología Hispánica. Poco a poco fue surgiendo y afianzándose esa especie de complicidad intelectual que siempre se concierta y prende entre el maestro y el discípulo -si se puede decir así-, de manera que cuando él solicitó de sus alumnos de aquel curso un trabajo final de quince o veinte folios que abordase los aspectos semánticos desde el ángulo práctico de la crítica textual, se me ocurrió -fue una intuición que hoy, aquí, recobra su razón de ser- centrar mis energías en el análisis funcional de unos cuantos títulos de novelas eróticas (o pornográficas tal vez) españolas y foráneas, novelas que yo solía leer a hurtadillas, con el clandestino deleite del adolescente rezagado que alguna vez fui, en los sucesivos cuartos de estudiante que alquilaba en esta ciudad con el dinero generoso de mis padres. Aquel modesto ensayito mío, que aún conservo, forjado a imitación de otro que escribiera el profesor sobre el valor semántico de los títulos en la novelística de Pérez de Ayala, fue, no he de ocultarlo hoy, como ese primer ladrillo que simbólicamente colocan las manos inexpertas de los gobernantes antes de principiar una costosa construcción.
Pasó el tiempo: recogí un título que mis padres, orgullosos, se apresuraron a enmarcar, y una orla multitudinaria para la que curiosamente no posó aquel profesor de Semántica de 3º; facilité mis datos a un funcionario del Instituto Nacional de Empleo e hice el preceptivo Curso de Adaptación Pedagógica para licenciados sin oficio ni beneficio; me declaré objetor de conciencia para eludir el fantasma de la mili; escribí el borrador de dos novelas que nunca vieron la luz y sacié mis perentorias ansias de notoriedad literaria gracias a la confianza de la colección de poesía El Bardo, de Barcelona, que imprimió mi primer libro de poemas; y finalmente me resigné a regresar al pueblo de mi familia tras ese lustro irrepetible de estudiante de Letras. Pero un día, por casualidad -me refiero a esa casualidad que suele regir los asuntos del destino-, mis pasos se volvieron a cruzar con los de aquel profesor de Semántica de 3º, y él me reconoció por mi nombre, y tras interesarse en mis proyectos inmediatos desvió la charla hacia aquel ensayito mío donde se hablaba de los títulos eróticos: él me hizo observar que el del erotismo era un terreno no muy explotado aún por la crítica universitaria, piropeó estratégicamente mis emergentes talentos para la literatura (pues sabía que yo acababa de ganar cualquier concurso de relato en Alcantarilla, en Cádiz o en Jaén) y, en resumen, no le fue demasiado difícil convencerme de que me tenía que matricular en el programa de doctorado de ese bienio y de que debía empezar a trabajar sin más dilación en una jugosa tesis sobre literatura erótica.
Así lo hice, previa consulta a mis mecenas -Antonia Martínez y Federico López, mis padres-, que saludaron la buena nueva y me obsequiaron con su bendición y con sus medios, y presentamos el proyecto, y desde entonces han pasado diez años más, toda una década salpicada de incontables eventos que continuamente se confabulaban como excusas fenomenales para hacerme desistir de mi tarea y arrojar la toalla de mis desvelos: gané una plaza de profesor que me permitía laborar y vivir holgadamente, pero que me quitaba tiempo para proseguir con la tesis; me casé con mi novia y ampliamos la familia, lo cual, ciertamente, me procuraba estabilidad emocional y también otras íntimas felicidades que no voy a detallar ahora, pero que restaba tiempo para la tesis; estudié con desgana los arcanos del código de circulación y presté servicios sociales sustitutorios en un centro de menores, lo que por un lado me validaba para conducir mi propio automóvil y por el otro me convertía en un sumiso ciudadano, pero que me robaba más y más tiempo para seguir atendiendo a aquella dichosa tesis. Así, con amplios períodos de meses y hasta de años, y con la frustración anticipada que anidaba en la incertidumbre, en el no saber si algún día iba a concluir lo que algún día había iniciado, comprendo ahora -y lo digo con una gratitud cuyo extremo no se puede ni se debe tasar en público- que la tenacidad insospechada y el extraño compromiso de aquel profesor de Semántica de 3º han obrado el milagro de poder ver concluido lo que hace solo meses me martirizaba como un imposible, para, así, brindárselo y agradecérselo en este acto, a él, profesor paciente, y también a cuantos de uno u otro modo me han acompañado y me han soportado en el esfuerzo cotidiano.
Paso ya, excusando la peripecia ocasional de este preámbulo, a desbrozar brevemente los principales argumentos y derivaciones críticas que han sustentado mis pesquisas durante todos estos años. Se ha de advertir, no obstante, que en lo que toca al aparato bibliográfico y a la base teorética, imprescindible en una empresa de estas características, el director de la tesis ha insistido reiteradamente (casi compasivamente, diré mejor) en conducir nuestro objetivo por el camino certero de la crítica textual y semiótica, si bien, debo añadir, la rebeldía ya crónica de este doctorando, o tal vez su indómita propensión hacia un concepto de la crítica más intuitivo y menos dogmático, desligado en la medida de lo posible del aparato técnico en que tan a menudo se encorseta la ciencia de la literatura, han propiciado el que finalmente pudieran conciliarse en el texto definitivo las sabias advertencias de aquel con la incurable tozudez de quien les habla. También quiero disculpar, si ello es posible, las numerosas erratas –que, en algún caso extraviado, y esto nos sonroja admitirlo, atentan contra la correcta ortografía del castellano- que hemos detectado con ojos atónitos al rastrear las páginas del trabajo ya encuadernado, signo inequívoco de la celeridad que se nos impuso a última hora en la mecanografía e informatización de todo el proceso, y, por qué no decirlo, signo también de que los duendes de las imprentas existen y de que, algunas veces, sobre todo cuando ya no hay remedio, se confabulan con el diablo para sembrar el mal donde menos falta hace. 

[A continuación, la explicación teórica del proyecto, que podemos eludir].

domingo, 21 de abril de 2013

EL NECEDARIUS


El texto que sigue lo leí en Murcia, en una sala soterrada de su universidad pública, la tarde que siguió a la de las hogueras de San Juan de 1999, a modo de presentación del que ya era mi tercer libro de poesía: Necedarius, viceversas, etc. En aquel acto (en el que, por cierto, regalé uno a uno los veinticinco ejemplares que se me cedieron en calidad de autor) quise que interviniesen tres piezas de un puzle nada convencional: un exalumno -Antonio Guillamón- que entonces cursaba el curso 1º de Filosofía; Jose Kosta, rimbaudiano poeta que vive apartado de estas frivolidades; y el malogrado -falleció el último día de noviembre de 2001- Jorge Martínez de Paco, fino prologuista que declinó acompañarnos físicamente, pero que sí me remitió unas palabras manuscritas a las que yo mismo puse voz. La peripecia editorial de este atrevidísimo volumen merecería ser relatada con mayor detenimiento, pero se me han extraviado las energías que otras veces derroché en causas perdidas, así que no voy a caer en esa trampa. Sí diré que la edición del Aula de Poesía, limitada a 250 ejemplares, salió a pesar de los pesares (que fueron todos los imaginables e incluso alguno más) y que ulteriormente me brindó el ninguneo consciente y alevoso de cualquier trepa provinciano autoencumbrado al arte de la crítica, y asimismo el recelo de ciertos aficionados que por aquí pululan; pero también, por contra, alentó la inusitada complicidad de media docena de lectores que atinaron a ver en este libro lo que ni yo mismo soy digno de ver cuando me recreo en su misterio.


TERCERA ENTREGA
  
Leído en Murcia, el 24 de junio de 1999

Para empezar, quisiera expresar mi agradecimiento a todas las personas que, de un modo u otro, facilitando u obstaculizando el proceso, han contribuido a que este libro que hoy se presenta sea una realidad física, un objeto palpable y asequible al tacto y al bolsillo (650 pesetas en cualquier librería); todas esas personas, las que lo han defendido y también las que lo han ofendido, si se puede decir así, están igualmente implicadas en el entramado, en la ardua peripecia que conlleva toda edición de un libro, y, por tanto, todas estas persona han propiciado que el desenlace haya sido éste y no otro. También os tengo que agradecer a vosotros, a todo y cada uno de vosotros, el que os hayáis acercado hasta aquí en una tarde-noche que probablemente invita más a otras cosas; os miro y siento que desde este momento sois vosotros, lectores potenciales, los auténticos protagonistas de la historia, y pienso que este libro ya puede llamarse dichoso si va a contar con el juicio crítico y la mirada inteligente de lectores como ustedes.
En fin, vayamos al asunto. Este libro fue advertido y anotado en su mayor parte durante la primavera de 1991; después, a finales del 93, lo sometí a un saneamiento precipitado que sólo dio algún fruto en una versión ulterior, más meditada y casi definitiva, en agosto del año 94; su configuración actual, que es la que he dado a la imprenta tras revisar e incrementar notablemente aquélla del 94, está fechada en el mes de mayo de 1997. Lo que significa que este volumen -que por cierto no alcanza los 400 versos- ha necesitado unos siete años para dibujar su rostro, y otros dos años más para mostrarse a los lectores en su formato comercial.
Lo que yo puedo decir de este libro no es mucho, salvo que es, comparado con los otros míos, anteriores, muy distinto en su voluntad estética y muy distinto también en las premisas comunicativas que impone al lector. Además, sospecho que necesita de ese lector no ya su colaboración más o menos partícipe y más o menos cómplice, lo cual es común a todos los libros que se escriben y se editan, sino que le exige a ese lector un compromiso estético radical y una disponibilidad que va mucho más allá de la mera lectura de poemas tal y como se entiende en nuestros días. El prologuista, Martínez de Paco, lo advierte, creo, con inequívoca contundencia; dice así en el prólogo:
"Sepa de antemano quien se acerque a este libro que no hallará en él ninguna concesión, ninguna facilidad, ningún sosiego".

Me he referido antes a la voluntad estética que está en el origen de este libro, y voy a resumir aquí, o voy a tratar de resumir, lo que hoy tan sólo es un recuerdo de aquella voluntad lejana que lo provocó: yo quería, o pretendía, que las palabras, por así decirlo, antecedieran a la propia imagen que proyectan o que las proyecta, y que esas palabras se me impusieran como formas de un ritmo y de una música que todavía no significase nada en la conciencia, o al menos que no significase nada que pudiera ser interpretado ipso facto y con el visto bueno del diccionario de la RAE; quería que las palabras se asociaran entre ellas atendiendo apenas a la mínima exigencia de su desnudez caótica, o aparentemente caótica, claro, y que solamente fuesen fieles a esa lógica de lo lírico que en muchos poetas, o en algunos poetas, es previa a toda manipulación semántica. Es a esto a lo que yo llamo inspiración, o intuición, o sentido poético, es decir, eso que nos extraña y que advertimos antes incluso de que sepamos traducirlo o necesitemos razonarlo con argumentos lógicos. Esto mismo yo lo he percibido leyendo a César Vallejo, por ejemplo, e incluso en algunos versos de José Ángel Valente (ignoro si habrá alguna relación académicamente sostenible entre Vallejo y Valente, pero así es como lo siento hoy).
De esta forma fueron brotando los versos, o más bien los 'necedos', de este Necedarius, sin que ni yo fuese muchas veces consciente de la vaga lucidez lírica que de tarde en tarde me despertaba con palabras y sugerencias. Pero hacía falta una clave, una pauta, o un criterio que organizase significativamente aquel caos aparente, y esa llave maestra la encontré, por casualidad (como siempre ocurre), mientras releía y subrayaba el Tractatus de Wittgenstein, un libro de filosofía, o de lógica de la filosofía, en el que yo, un neófito, creí ver entonces una particular magia argumentativa y expositiva, una sintaxis semánticamente chocante, a medio camino entre el aforismo poético, el juego de ingenio, la más sesuda de las reflexiones y la abierta tomadura de pelo. Un ejemplo:
"La figura, sin embargo, no puede figurar su forma de figuración; la muestra".
Otro ejemplo:
"Sea dicho de paso: los objetos carecen de color".
Otro más:
"Para reconocer el símbolo en el signo debemos tener en cuenta si se usa con significado".
Otro:
"La lógica precede a toda experiencia -que algo es así. Es antes que el cómo, no que el qué".
Y por fin:
"Ética y estética son lo mismo".

En un breve sondeo entre los primeros lectores, todos amigos o conocidos (por lo tanto habrá que relativizar sus opiniones), las palabras y expresiones que más he escuchado para calificar este libro han sido: complejo, vanguardia, anormal, elitismo etílico, genuino, sublime, absurdo, incomprensible, paranoia verbal, engreido, broma de dudoso gusto, insolente, inactual e inesperado. De todas ellas, a mí la que más me gusta es esta última, 'inesperado', quizá porque esta palabra de alguna manera admite en su significado más profundo otras que a mí me parecen muy saludables para la poesía, como 'extraño' y 'sorprendente', 'imprevisible' en suma. De lo que no me cabe duda, en cualquier caso, es de que se trata de un libro difícil de explicar, de un libro que yo no sé explicar y que no me atrevo ni a intentar explicar, porque si hay alguna explicación entiendo que es la que cada lector sepa extraer. Un poema, como cualquier obra de arte, no significa: es. Si vamos a una exposición de pintura y le preguntamos al autor: ¿eso qué es?; el autor probablemente nos dirá: ¿no lo ves?, eso es un cuadro. Y si insistimos en lo mismo: sí, sí, un cuadro, por supuesto, ¿pero qué representa, qué significa lo que está pintado en ese cuadro?; él seguramente nos dirá que representa el mundo, o una parcela del mundo que él percibe y concibe, y que, con un poco de suerte, quizá también represente una parcela del mundo que nosotros -los espectadores, los lectores- percibimos y sentimos, momento en el que tiene lugar la chispa de la comunicación estética. La poesía es lo mismo, pienso yo.
Y ya me callo, porque, como escribió el filósofo, "de lo que no se puede hablar, mejor es callarse".

lunes, 8 de abril de 2013

CON DIEGO, POETA ELÉCTRICO (II)

(Continúa el discurso)

El volumen De la misma vida (Devenir, Madrid, 1999) consta de una treintena de piezas poéticas emparentadas en la inquietud y en el verbo, aunque dispersas en los temas y, por supuesto, en la técnica de ejecución de los mismos; si bien, observo cómo el autor se ha decantado por una fórmula métrico-rítmica liberada de las ataduras del verso clásico, lo cual lo distancia y lo emancipa de aquel otro libro de 1987, El Hombre y la Palabra, en el que se nos presentaba como un depurado sonetista. No en balde, creo que Diego ha bebido mucho y bien de las fuentes del siglo XVII y que ha aprovechado correctamente la audacia expresiva y a veces juguetona, desgarrada, así como el desenfado ocasional de cierta retórica barroca. En ‘La niña más turbadora’ (p. 27) leemos:
“Es la más turbadora de la calle
pues sólo su presencia es la que turba,
y como turba más si más se mira,
y si ella mira te deja más turbado,
su inmediatez más turbación implica”.
Por otro lado, se advierte en muchos poemas el predominio de un inexcusable merodeo alrededor del acto mismo de la creación y del sentido último de la escritura; así ocurre en ‘Testimonio’ (p. 12), que plantea el oficio de poeta como un destino, siendo él mismo testigo de la vida y reflejo ocular de ella; así en ‘Las variaciones’ (p. 18), poema cuyo asunto es el propio poema, y que se justifica en la razón esencial de que el poema definitivo no se alcanza, pero al poeta le basta con saber que ya es poema mientras se persigue (una especie renovada del mito de Ítaca); y así, también, por ejemplo, en los titulados ‘Frustración’ (p. 33) y ‘Solo de poeta’ (p. 48), textos que muestran la enorme dificultad de expresar y la íntima necesidad de intentarlo, pese a todo.
No es vanidad, aunque sé que alguno de vosotros pensará legítimamente que sí lo es, pero el hecho es que, os lo aseguro, podría seguir hablando en este tono seudoprofesoral y más o menos erudito un rato largo, podría desmontar versos y frases enteros para explicar los misterios de su sintaxis, podría escudriñar metáforas, hipérboles y epítetos que andan por ahí, podría analizar distintos juegos de palabras y otros efectos sonoros que me han parecido próximos a la estética modernista del mejor Rubén Darío, podría sorprender incluso alguna influencia no tan benigna como la ya indicada de los clásicos de nuestro Barroco, y así un largo, larguísimo etcétera; podría hacerlo seguramente por culpa de eso que algunos llaman “de-formación profesional” y que, en mi caso, y pienso que en el caso de cuantos ejercemos la enseñanza de la literatura, consiste básicamente en descuartizar los poemas como si se tratase de la disección de cadáveres, que esto es lo que se hace por lo común en las aulas cada vez que un profesor tan digno como yo propone el comentario y análisis de un texto, sobre todo de un poema. Podría seguir en ese tono, sí, porque he trabajado el libro con ese propósito en verdad necrófilo y te puedo asegurar, Diego, que tengo en mi casa más de cuatro folios completos emborronados con anotaciones de toda índole que pensaba traer aquí y que luego abandoné porque… porque tú no te lo mereces. Es decir, tu libro no se lo merece, ni se lo merecen los posibles lectores de tu libro que se han acercado esta noche a este acto de presentación. Porque los libros no son lo que decimos los profesores ni lo que dicen los críticos en los periódicos (con perdón de los críticos y profesores aquí presentes), ni siquiera son los libros lo que dice la maravillosa solapa (con el permiso del amigo Paco Ros, que firma la tuya), ni lo que dice el prologuista (en este caso felizmente ausente), ni lo que dice o pueda decir el mismísimo padre de la criatura: los libros, cada libro, están fabricados con la materia intransferible de cada uno de los lectores en cada una de sus lecturas, y por lo tanto es una falacia –y una falta de respeto por mi parte- que yo esgrima mi lectura como modelo de ninguna, o como si ella sola justificara las bondades de tu libro. Estaría coartando o mediatizando es libertad esencial que nos colma en el acto de la lectura, y eso no me gusta. Yo sé que hay críticos que están convencidos de que si ellos no existieran no existiría la literatura, y también muchos profesores compañeros míos; y cuanto más provincianos y locales son esos críticos y esos profesores, mucho peor, y no quieren darse cuenta de que, como escribió Julio Cortázar, “todo crítico es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar”. Sobra decir aquí que toda explicación de un poema es ociosa y perniciosa, pero es que toda explicación de un poema antes de que ese poema haya sido leído y asimilado por el lector de modo autónomo es un delito intelectual que, no exagero, debería estar tipificado de alguna manera en el Código Penal.
Sí quiero añadir rápidamente que hay en este libro títulos muy bellos, rebosantes de ingenio e intuición lírica: ‘Los dedos sutiles del silencio’ (p. 9), ‘Nostalgia improcedente’ (p. 20), ‘Vida de pie forzado’ (p. 34), ‘Remake de la marcha triunfal’ (p. 38); y luego un grupo de composiciones de una gran sutileza en la percepción, originalísimas y, al propio tiempo, sabias en el uso de la ironía e inteligentes por el sentido del humor que derrochan, como ‘Transición corporal’ (p. 23), sobre la primera toma de la tensión, ‘El agorero’ (p. 43), sobre esa persona que “sabe bien lo que quiere / aunque no lo sabe cierto”, ‘La página doblada’ (p. 49), donde nos transmite “Una vaga sensación de interferir el tiempo” a partir de un antiguo volumen doblado en la página 90, o ‘La respuesta’ (p. 16), que parte de la pregunta leopardina “¿Cómo puede existir Dios si yo soy jorobado?” Pero he de reconocer que, aparte de un poema especialmente emotivo para mí –‘Desde tus poemas’ (p. 40)- y otro especialmente emotivo para cualquiera –‘La menor’ (p. 36)-, hay en el volumen tres que merecen una breve detención: ‘Lluvia con alma’ (p. 19), donde los versos casi se sumergen y nos sumergen en esos marítimos aromas del final; ‘Presagio’ (p. 47), en que el sujeto poético nos demuestra que tomarse la propia muerte en broma es quizá la cosa más seria de este munto; y ‘Amor por nombre’ (p. 23), que se convierta, es mi opinión, en uno de los poemas emblemáticos del volumen, y que arranca con esos dos magníficos endecasílabos:
“Porque no sé su nombre llamo amor
a esta dulce agonía de deseo”.
No quiero alargarme más, pues temo, como ya he apuntado, que lo que yo pueda decir traicione de algún modo la esencial virginidad que cada una de las páginas del libro le reserva a cada uno de vosotros, a cada uno de los lectores y lectoras que sepan acercarse a él para terminar de crearlo, o mejor dicho, para terminar de recrearlo, que es el primer mandamiento para que un libro exista de verdad. Quede, en fin, la Palabra de este Hombre, de este Poeta que hunde sus raíces en su propia existencia y en la de quienes lo rodean sencillamente, y que, quizá por eso, hoy estoy muy orgulloso de poder contar entre mis amigos, como asimismo me honra que él haya querido contar conmigo en este día importante en que su libro nace para todos nosotros, este libro de poesía cuya lectura os recomiendo a todos no porque sí, no porque siendo mi amigo me sienta obligado a decirlo, sino porque es un libro que tiene entidad propia y que, como reza desde el título, surge y se alimenta “de la misma vida”.
Muchas gracias, Diego, y muchas gracias a vosotros, a ustedes, por la atención prestada.

sábado, 6 de abril de 2013

CON DIEGO, POETA ELÉCTRICO (I)


Conocí a Diego García López y a los inquietos tertulianos de Mula a través de Antonio Guirado Gabarrón, cortazariano compañero de carrera -a veces también de pupitre y a menudo de cervezas- en aquel lustro filológico en la Facultad de Letras. Un día de la última década del siglo anterior me invitaron a su reunión semanal de los sábados, en la que se hablaba de prosas y de versos mientras se cenaba y se bebía a la salud de las musas. Fue ahí donde se me reveló el genuino talento de Diego, un poeta autodidacta que cuando yo lo frecuenté ya había publicado El Hombre y la Palabra y que trabajaba aún con su escalera de electricista para una compañía del ramo. Después de la cena, improvisando endecasílabos etílicos por el serpenteado laberinto de calles de su pueblo, me llevó hasta su casa en la calle del Caño –que no es coña ni es coño, me dijo- y me mostró las maravillas de su empresa bibliófila: en un bajo inverosímil que evocaba la cueva de Zaratustra en Luces de bohemia, varios miles de libros antiguos y modernos atestaban las paredes y se erguían en columnas de dudosa verticalidad a la espera de un hueco en el que tolerar su eternidad de papel; y, entre ellos, preciada joya que justificaba todo su afán coleccionista, decenas de ediciones del Quijote. Pasado el tiempo, los tertulianos se acordaron de mí para presentarle a Diego el libro de poemas De la misma vida (Devenir, Madrid, 1999).



DE LA MISMA VIDA, DE DIEGO GARCÍA LÓPEZ

Leído en Mula (Murcia) el 21 de mayo de 1999


 Son muchos los que entienden el mundo, y aun su propia presencia en el mundo, como una retahíla sucesiva y casual de instantes y de aconteceres cuyo triste final es siempre, inevitablemente, el olvido, o eso que hemos dado en llamar olvido y que no sabemos muy bien de qué sustancia está hecho. Pero hay aún unos pocos que lo entienden de otro modo: son los artistas (los músicos, los pintores, los poetas…), seres que no se conforman, que no se resignan a esa pérdida definitiva ni a ese olvido, y que, por regla general, sospechan, intuyen, necesitan creer que tras el tedio aparente y tras la aparente trivialidad de cada instante vivido emerge a menudo un nutrido ejército de palabras y de ritmos y de sutiles analogías y de impensados y renovados conceptos que, si así lo dispone el azar o la voluntad o el mero capricho de las musas, convertirán lo anodino en asunto comentable, en asunto rescatable, in-olvidable, y, consecuentemente, cómo no, en materia poética. Su gracia, la gracia natural e innata del artista y, en este caso, del poeta, esa gracia que la sociedad nunca le perdona salvo cuando ya está muerto –porque mientras vive lo señala como un ser singular, diferenciado, y por lo tanto temible-, esa gracia única reside, ni más ni menos, en haber sabido prolongar desde los primeros años de la infancia una cierta capacidad de sorpresa frente a las cosas que comúnmente acontecen, cosas que al común de los mortales ya no le sorprenden o que no sabe expresar esa sorpresa; y de esta manera, mediante el misterioso ejercicio de la poesía, el poeta decide salvar esos instantes, esas cosas, decide amnistiarlos temporalmente de un olvido riguroso y, quizá, sin embargo, a pesar de tanto esfuerzo y de tanto desvelo, quizá ineludible y definitivo.
            Y bien, esto es, a mi juicio, lo que hemos venido a festejar esta noche: la tenacidad y la sensibilidad de un hombre que es aún, todavía, capaz de captar lo irrepetible en las cosas más menudas, en las cosas que a otros ya no nos sorprenden, y es capaz de hacerlo desde la honradez y desde la humildad de un destino asumido, sin buscar nada más allá de la íntima satisfacción de ese propósito, ninguna prebenda, ningún honor, ninguna estatua en la que se posen las palomas paulatinas de un jardín de cemento, sabiendo de antemano que nadie lo va a entrevistar por su libro en el telediario de las nueve, que nadie lo va a nominar para el próximo Premio Cervantes, que nadie va a proponer su candidatura para ocupar la última letra vacante en la Real Academia de la Lengua Española. Pero sabiendo, no obstante, que su humildísima existencia de poeta local lo emparenta ya, inevitablemente, con los cientos y cientos de poetas anónimos o casi anónimos que no necesitan optar a ningún premio oficial ni necesitan la pompa de las candidaturas para seguir tejiendo a su modo, entre los suyos, la minuciosa tela de araña que ampara a la poesía verdadera, a esa poesía sin trampas ni artificios que surge del pueblo y que regresa al pueblo en una suerte de reminiscencia juglaresca.
            Desde el principio he de confesarles a ustedes, a vosotros, y he de confesarte antes que nadie a ti, Diego, que cuando me hablaste de la posibilidad de redactar un discursillo que durase unos minutos para que fuese leído por mí en este ámbito y en estas circunstancias, en tu propio pueblo, delante de personas que te conocen y te estiman, a modo de presentación de este tu nuevo libro de poesía destilado ‘de la misma vida’, he de confesarte, digo, que acepté el reto y lo convertí en compromiso aguijoneado por la vanidad de que hubieses pensado precisamente en mí para compartir algo tan tuyo y desde ahora tan nuestro; pero también, de igual modo, debo decirte a ti y debo deciros a vosotros que acepté el reto y me comprometí en la empresa sin ser aún demasiado consciente de la imperturbable responsabilidad que en aquel momento asumía contigo y con tus paisanos y conmigo mismo. Responsabilidad contigo, es claro, porque si tú habías depositado tu confianza en mí –no sé si por amigo o por poeta, o a lo mejor por ambas cosas: quiero pensar que en ningún caso lo hiciste por mi condición de profesor- yo no podía defraudar tus razonables expectativas improvisando aquí media docena de párrafos más o menos laudatorios y aparentes, que es lo que suele hacerse, y endilgando después una exégesis moderadamente afirmativa de los poemas de tu libro, suficiente para salir del paso como un triste y aburrido profesional en estas lides, extremo que tanto detesto en otros. Responsabilidad, también, con tus paisanos, con esta gente de tu pueblo que si se ha acercado hasta aquí esta tarde no es para que el discurseador de turno les convierta a la persona que tú eres y que ellos ya conocen en una especie de personaje falsamente abrumado de oropeles y coronado de laurel, sino para que les hable sin aspavientos ni dobleces de lo que, como lector privilegiado, he encontrado en este libro y en los versos que lo recorren. Y responsabilidad, cómo no, para conmigo mismo, pues no puedo ni quiero traicionar mis pequeñas pero seguras convicciones estéticas ni el espíritu crítico que las sostiene, ni quiero tampoco que mi amistad con el poeta se interponga entre su libro y yo, y, como consecuencia, entre su libro y vosotros. Porque… ¡seamos honestos por una vez!: lo más fácil, y quizá también lo más prudente por mi parte, lo más aconsejable cuando uno se aplica a la tarea de presentar al público el libro de un amigo poeta –o de un poeta amigo, tanto monta…- es entrarle al capote de la adulación y proclamar a los cuatro vientos las excelentísimas excelencias del libro y las excelentísimas excelencias de quien lo autoriza, adulación que en este caso hubiera sido, es verdad, comprensible y hasta disculpable, pues hubiera estado auspiciada por exigencias de amistad, y ya sabemos todos que tales exigencias son de naturaleza ilimitada. Pero entiendo que un libro se defiende solo, que tiene la necesidad originaria de defenderse solo, y que a lo más que puede llegar un presentador o un prologuista es a mostrarlo y a congratularse de que aún haya en este mundo alguien que escribe poesía, alguien que se atreve a editarla y alguien que se sumerge en su lectura, porque en ese triángulo de autor, editor y lector se configura mágicamente, maravillosamente, increíblemente, la bonita realidad del libro.
            Afianzado, pues, en esa triple responsabilidad –repito: conmigo, con vosotros, y también y en primer lugar contigo, Diego-, he ido desgranando poco a poco, en las tardes de abril, la Palabra que nutre y eterniza cada página de este libro cuyo primer acierto, qué duda cabe, es, a mi modo de ver, el título, De la misma vida; volumen que hoy toco y acaricio con un extraño estremecimiento y con una complicidad renovada, porque uno sabe (y lo sabe de buena tinta) que detrás de todo libro, en la prehistoria de cualquier libro, en la trastienda, por así decirlo, están el silencio y la soledad, y están el miedo y la ternura, y están los mejores ratos y los peores ratos, y están, en fin, reunidas, conciliados ya para siempre, todas esas palabras y todos esos silencios que alguien ha hilvanado en un orden concreto, con paciencia, con amor, y a veces con impaciencia y con desamor, para que digan y nos digan a los hombres y mujeres lo que los hombres y mujeres necesitamos, a veces, escuchar, para saber que no todo está perdido en este mundo nuestro y que aún hay algo que puede ser salvado, aunque solo sea la ficción o el sueño de querer creer que aún hay algo que pueda ser salvado. 

(Continuará)



jueves, 6 de diciembre de 2012

UN ENCARGO


Fue un encargo que se me insinuó en la madrugada cálida del verano y que yo alenté y asumí gustosa y –como se suele adverbiar cuando en los motivos no participa el vil metal- desinteresadamente. El expresidente de la Peña Flamenca de La Unión era también, a la sazón, mi cuñado político, y entre la dignidad de su legítimo cabreo y el ánimo contrariado de otros vecinos de aquel pueblo, dimos en redactar un artículo que, con tono sobrio pero incisivo, denunciase siquiera por un día el flagrante fallo del jurado del Festival. Yo, sin entender de cantes, era ya entonces un letraherido inquieto a quien no había que convencer mucho para que, siendo justa la causa, pusiera mis talentos expresivos al servicio de quienes los necesitaran. Firmó los folios D. José Martínez Martínez, hoy mi excuñado político, bajo el señuelo de autoridad de la Peña que hubo presidido, y antes de mandarlos al periódico se recaudaron algunas decenas de firmas de adhesión. Que yo recuerde, he vuelto a ejercitarme otro par de veces más en tal modo de caridad filológica, salvo que para esos casos mis labios permanecerán tan sellados como hasta ahora.


LA LÁMPARA, MENOS ‘MINERA’

La verdad, Murcia, 27 de agosto de 1998


            La XXXVIII edición del Festival Nacional del Cante de las Minas, que se celebra en La Unión cada año durante la segunda semana de agosto, se cerró en la madrugada del domingo 16 con la emisión del fallo del concurso en sus variedades de baile, guitarra y cantes varios, y con la consiguiente entrega de los premios. De todo ello da buena cuenta en su reportaje para La verdad el señor Gregorio Mármol, quien al referirse a la concesión de la Lámpara Minera (al mejor cante por mineras) señala que “la decisión del jurado calificador fue protestada por un pequeño sector del público”. Puesto que personalmente me considero parte de ese pequeño sector de público, he creído necesario redactar unas líneas y dar una explicación a todos aquellos aficionados y curiosos que, estuvieran o no presentes esa noche, desconocen los verdaderos entresijos del concurso y las circunstancias reales que, en este caso, rodean el fallo.
            En primer lugar he de decir que ese fallo, en lo que concierne a la Lámpara Minera, estaba dictado desde hace meses, desde el instante en que se amañó la composición de un jurado descaradamente afín al clan de los Piñana; para ello bastaba con mover los hilos de las influencias (que las tienen los Piñana, también en el mundillo del periodismo regional), traerse de Murcia a un par de profesores al parecer muy sabios y luego contratar aquí, en La Unión, a señalados adláteres que supieran amoldarse a sus sapientísimos designios. Dicho y hecho: el muchacho de Piñana se coló en las semifinales cantando cosas que él y sus allegados llamaban mineras; y después se coló en la final, hasta que, como ya nos temíamos quienes lo habíamos escuchado en las pruebas clasificatorias, le brindaron el suculento cheque por 750.000 pesetas. Yo no sé qué porcentaje del público que asiste al Festival sabe distinguir los palos más elementales del cante, ni si ese mismo porcentaje sabría decir qué es y qué no es una minera, con sus tonos altos, medios y bajos. Yo no sé si entre los turistas foráneos que se acercan desde La Manga, las autoridades con pase de protocolo, los flamencólogos de salón, las esculturales acompañantes de los nuevos folcloristas y los amigos, familiares y demás advenedizos de la cosa flamenca habrá muchos que sepan, por ejemplo, quién es Pencho Cros, ni si lo habrán escuchado alguna vez para saber cómo tiene que cantarse una minera. Desde luego, lo que cantó el muchacho de Piñana la otra noche podía ser cualquier otra cosa, pero nunca una minera, y sin embargo los señores miembros del jurado le dieron la Lámpara y el cheque.
            Este es el final de la historia, pero la historia se remonta varios años atrás. Poco después de la edición de 1993, el padre del muchacho, resentido porque le habían descalificado a su hijo, firmó un largo artículo titulado La otra cara del festival, donde, aparte de mostrar su mezquindad cultural desacreditando el cante por mineras (“se van quedando cada día artísticamente más solos. Siguen luchando por un cante que no tiene sentido alguno”, decía), arremete contra el jurado que dio el premio al entonces joven barcelonés Miguel Poveda (que ahí está para escucharlo y para que los entendidos hagan sus comparaciones) diciendo que “la sentencia ya estaba echada” y otras lindezas como esta: “En la pasada edición del Festival el fallo fue estrepitoso, y en verdad que habría que preguntarse, después del resultado, ¿qué saben Pencho Cros (…y otros…) de cante?” Respecto al bueno de Pencho, mejor es dar la callada por respuesta y que lo juzgue la verdadera historia de estos cantes; respecto a esos otros, cuyo nombre omito aquí por respeto, no estaría de más recordarle al señor Piñana que alguno de ellos ha sido parte del jurado que recientemente le ha regalado el premio a su muchacho.
            Mi abuelo, que no era un sabio, solía decir a veces que hay dos formas de hacer las cosas, bien o mal, y que no caben términos medios. No se trata, como el señor Piñana insinúa con sus aires de grandeza, de ser ‘piñanero’ o ‘antipiñanero’; se trata de algo tan sencillo –y tan difícil- como es cantar bien esta modalidad autóctona que encuentra su hondura y su sentido en nuestra tradición. El muchacho de Piñana, a fin de cuentas, no tiene la culpa de irse en los tonos más elementales y no saber hacer una minera según los cánones que rigen el concurso. Pero sobre los ilustres miembros del jurado pesará siempre la responsabilidad moral (si no de otro tipo) de haber otorgado el premio a quien no lo merecía, y, por tanto, de haber contribuido al desprestigio del Festival Nacional del Cante de las Minas en lo que se refiere a la Lámpara Minera (este año, lamparón).