domingo, 9 de octubre de 2011

MORIR PARA SER (MIGUEL ESPINOSA)

Era el otoño de 1991 y los profesores de la universidad de Murcia se acordaron de Miguel Espinosa y le montaron un homenaje póstumo, tal vez porque se cumplía una década desde su muerte repentina, tal vez porque ya empezaba a ser conocido y valorado fuera de la Región y había que subirse al carro. Yo participé en ese congreso con una ponencia sobre el erotismo en las Tríbadas, y dio la casualidad de que el periódico atinó imprimiendo este artículo justo el día en que yo iba a leer mis folios en el paraninfo universitario, pese a que lo tenían en sus manos más de una semana. Creo que me salió un texto atrevido, para algunos incluso inoportuno y cargado de insolencia, pero que ya en aquel tiempo daba cuenta de mi espíritu combativo y de una sincera filiación espinosiana. Recuerdo que, antes de acceder al estrado junto al resto de ponentes de la sesión, Victorino Polo, el profesor que organizaba el evento, se me acercó con semblante contrariado y me preguntó de sopetón si era yo “el arrepentido”.


Diario La verdad, Murcia, 19 de noviembre de 1991

¡Albricias! Miguel Espinosa, dos lustros bajo el fértil suelo murciano, ya es escritor; acaso, pregonan sus juiciosos y, al parecer, confabulados mentores, nuestro mejor y más festejado escritor, pues así se ha convenido previa consulta a reputados entendedores de las doctas esferas. Con él se amplía la nómina inconclusa de quienes hallaron fama y loores cuando ya no los ansiaban, y de paso ya tenemos bello nombre y apellido distinguido para echarle mano y abrazo si de letras murcianas se tratare allende las tierras o los mares, que buena falta nos hace.

En todos sus libros -llamarlos novelas es inexacto por incompleto- se muestra impecable y diverso, indagador de mundos insólitos y propios, dueño de una originalidad poco común entre nuestros contemporáneos (con perdón). Su calidad de pionero le acarreará, inevitablemente, con el tiempo, una prole de epígonos -como todas, baldía- sinceros y entusiastas. En lo que a mí respecta, toco madera, pues en verdad que su verbo me seduce.

Leo que han pasado treinta años desde que intuyera Asklepios, el último griego, su relato más lírico, y apenas dos desde que asistiéramos al alumbramiento en editora nacional de La fea burguesía, con gran acogida entre los sabios que más saben. En medio de ambas, Escuela de mandarines, magna sátira del poder, y Tríbada (Theologiae Tractatus), cuya ironía feroz no cualquiera será digno de captar. (Para mayor información, véanse las solapas de sus libros, al alcance en librerías, o la excelente introducción a Tríbada que hace el profesor Gonzalo Sobejano; no hay mucho más). Lo que no deja de extrañar, releyéndolo, es que se haya tardado tanto tiempo en encontrarlo, más aún, que esto haya ocurrido cuando ha dejado de estar entre nosotros. Vivir para ver, morir para ser.

Jorge Luis Borges ha escrito, en un tono muy de Jorge Luis Borges, que la gloria es una incomprensión, y quizás la peor. Él, Borges, la tuvo y la gozó, siquiera desde su envanecida humildad, y por eso fue factible que escribiera eso, ya salvado, hostil y complaciente, dos honestas patentes del artista con genio. Espinosa -si no tan alto, sí al menos tan legítimo- tendrá que conformarse con el orgullo anacrónico de sus deudores y con la mención puntual de algún oportunista de la esquela, que nunca faltan al festín post mortem que de vez en cuando se les brinda. También, y aquí cruzo los dedos y hasta me santiguo entristecido ante la amenaza del suceso, podrá contar también, seguro, con foto, datos biográficos y texto para comentario en un libro forradito que transporten bajo la ternura de su brazo, ya con sol o con lluvia, nuestros hijos inocentes. El destino es siniestro, quién lo duda.

Ahora, la Universidad de Murcia ha decidido -y menos mal, aunque a remolque de la de Salamanca, por supuesto- rendir el merecido homenaje póstumo al autor de Caravaca, congregando a comentadores de todas las castas y colores, quienes, de fijo, contribuirán a la mejor distribución y consumo del “cóctel-Espinosa”, descubrimiento que alguno ya se arroga. Consolémonos pensando que más vale tarde que nunca. También el buitre planea pacientemente sobre el animal agónico hasta que decide arrojarse a por sus restos, alimento codiciado. Sé, y es verdad, que ni yo mismo me salvo de la imagen; pero lo que me preocupa, en fin, y de ahí mi alarma, es la hinchazón artificial y repentina que el asunto cobra por momentos, pues considero fuera de cualquier debate -lo consideraba cuando lo leí por primera vez- el valor universal de la obra legada por este otro Miguel.

El esnobismo es radical, y con frecuencia acaba derruyendo los pilares que lo estatuyeron. Digo que hablar o escribir sobre Espinosa, hoy, en la Murcia de los noventa, se torna sucesivamente esnob, y advierto que el proceso de mitificación no ha hecho más que empezar. Lo grave es que yo mismo me sé secreto instigador del fenómeno. Por eso, casi arrepentido, rezo cada vez que abro sus libros, para que no malogremos la frescura y lozanía de la doncella con nuestras manos ávidas de sustancia literaria y autóctona. Leamos sus escritos y amémoslo si es nuestro gusto, pero cuidándonos muy mucho de endiosarlo a destiempo. El autor ya sufre su condena, inmerecida o no; no vengamos ahora los filólogos, con nuestras bonísimas teorías y mejores intenciones, a perpetuar la incomprensión. Sólo es un aviso. Palabra de lector.

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