martes, 8 de mayo de 2012

EL DÍA DEL LIBRO

Una mañana llamó al teléfono del instituto -en aquel entonces todavía no habían proliferado los móviles personales- un funcionario de la Editora Regional de Murcia que preguntó por mí y, tras alguna zalamería, me invitó a presentarme en menos de cuarenta y ocho horas en la Biblioteca, al objeto de improvisar una charla de autor y departir con varios grupos de alumnos de secundaria que ya habían sido citados con motivo del Día del Libro. Entendí que no tenía más remedio que aceptar -en aquel entonces yo aún no había aprendido a decir que no-, pese a intuir que se trataba de un acto irrelevante, sin compensación ni honorario de ningún tipo, de una encerrona que los gestores de la política cultural rentabilizarían a mi costa y a la de otros escritorcillos incautos o simplemente presuntuosos, y que si echaban mano de mí en el último momento era por imprevisión o porque les habría fallado cualquier nombre con más pedigrí que el mío. Juraría que pronuncié un texto mucho más entusiasta -en aquel entonces yo era un optimista de solo treinta años- de lo que hoy soy capaz de recordar.


Leído en la Biblioteca Regional de Murcia, el 23 de abril de 1997

No nos engañemos: si yo estoy aquí es porque, libremente, sin coacción de ningún tipo, he escrito y luego me he ocupado de que me publiquen un par de libros de poemas; y si vosotros estáis ahí es porque entra en el universo de lo posible que algún día, también libremente, sin coacción de ningún tipo, os convirtáis en los lectores que andan buscando cualquiera de los dos libros de poemas que he escrito y que me han publicado. La fórmula que se me ocurre improvisar aquí, para todos y cada uno de vosotros, es muy sencilla y es siempre la misma:

ALGUIEN ESCRIBE ALGO

PARA QUE LO LEA ALGUIEN.

Lo cual, traducido a nuestro caso concreto, a nuestro aquí y a nuestro ahora, se podría resumir en el siguiente enunciado:

SI YO ESCRIBÍ ESTE PAR DE LIBROS DE POEMAS

ES PARA QUE DESPUÉS PUEDAS LEERLOS TÚ.

Entre ese YO que abre la frase y ese TÚ que la cierra, dentro de ese paréntesis imaginario que se produce en el espacio que media entre los dos pronombres, entre el TÚ y el YO, es donde, a mi entender, se encuentra lo más importante de todo, lo que hoy nos ha traído hasta aquí, tanto a vosotros como a mí: el libro, cada uno de mis libros. Con esto vengo a deciros que si un libro existe es, en primera y última instancia, gracias a esos dos personajes que hasta ahora no se conocían de nada, y que son precisamente quien ha escrito el libro y quien se dispone a leerlo.

Así pues, estos dos libros míos que orgullosamente he traído conmigo y que están firmados por mí, con mi nombre y mis apellidos, podrán alcanzar todo su ser y todo su valor real, todo su valor como instrumentos de cultura, no solo gracias a quien los escribió (en este caso YO), sino también, y muy especialmente, gracias a la colaboración final de cualquiera de vosotros (TÚ o TÚ o TÚ), de aquel de vosotros que se decida a abrirlos y a leerlos. Tened presente que si faltase alguno de los dos, solo uno, si faltase quien los ha escrito o quien los va a leer, no habría entonces ninguna posibilidad de comunicación entre nosotros, y por lo tanto tampoco se podría hablar de verdaderos libros, sino apenas de un par de objetos perfectamente encuadernados e impresos que se van cubriendo de polvo y de olvido en las estanterías de cualquier biblioteca o en el almacén de cualquier librero o editor.

Lo que os vengo a decir con todo esto es que mis dos libros, estos que he traído conmigo y que me llevó algún tiempo escribir, existen como meros objetos desde el momento en que fueron publicados; pero que no existirán en su totalidad para vosotros, como no existirán para nadie (o estarán incompletos, imperfectos), mientras no os acerquéis a ellos y los recibáis por vuestra cuenta, individualmente, a solas, sin que deban interponerse entre cada uno de vosotros y yo mismo más que las propias páginas, con sus palabras y con sus versos y con sus imágenes más o menos bellas y desgarradoras. Desde ese instante, desde que TÚ empieces a leerlos y a desbrozarlos poco a poco, estos libros empezarán también a dejar de pertenecerme a mí para empezar a pertenecerte a ti (o a ti, o a ti, o a ti), a todos y a cada uno de los lectores que se atrevan a visitarlos.

Sí; aunque parezca raro, serán ya más tuyos que míos, tendrán más que ver con tu propio mundo que con el mío, y eso por la razón sencilla de que leer consiste, básicamente, en saber interpretar los textos desde la posición de cada uno, según su experiencia particular y su particular sensibilidad y su cultura particular. Leer consiste en alimentarse espiritualmente e intelectualmente de lo que alguien ha dejado escrito, y ya todos sabemos que quien se alimenta crece y se hace más fuerte, y si se alimenta con gusto, tanto mejor, también en el caso maravilloso de los libros.

Significa esto que cada uno de vosotros posee la facultad de recrear, o de volver a crear para sí mismo, todo cuanto lee, según sea su forma de ser y según sea su perspectiva personal de las cosas, y esa perspectiva, en tanto que es humana, es siempre única y es siempre distinta de la del resto de lectores que hayan tenido, tengan o vayan a tener estos dos libros que he convertido en protagonistas de nuestra cita. Por eso suele decirse a menudo, yo creo que con muchísima razón, que un mismo libro, por ejemplo cualquiera de estos dos que he escrito y que me ocupé de publicar, será diferente dependiendo de quién lo lea: el texto escrito será el mismo para todos, eso es evidente, pero su interpretación varía según la sensibilidad de quien lo lea; incluso, un mismo libro puede resultar distinto si se lee a los quince años, si se vuelve a leer a los veinticinco y si se vuelve a leer a los sesenta. ¿Por qué? Pues por eso, porque las personas tampoco somos las mismas a los quince, a los veinticinco y a los sesenta años. Sin duda, puede haber tantos Quijotes y tantas Regentas y tantas Islas del tesoro como hombres y mujeres sean capaces de abrir un ejemplar y meterse en la historia que late en esos libros, porque cada uno de nosotros los va a entender a su manera, de acuerdo consigo mismo y de acuerdo, también, con el potencial de su fantasía, sin que deba tener en cuenta a nadie más.

Podría haberos hablado un poco de mí mismo, de las cosas que escribo, de dónde y cómo y cuándo las escribo, de si creo o no creo en la inspiración y en las musas, de si el poeta nace ya siéndolo o si se va haciendo poeta con el tiempo, de si se liga mucho yendo de poeta por la vida, de por qué escribo poemas cuando lo que ahora mola es hacer otras cosas; o, incluso, podría haberos hablado de cuáles han sido y cuáles son mis escritores favoritos, o de qué hay que hacer para que te publiquen un libro en una editorial más o menos importante y prestigiosa. Pero me cuesta mucho, cuando hablo en público, utilizar mi experiencia como un arma de protagonismo, y más en un día como el de hoy, en que el verdadero protagonista no debe ser el autor, sino los libros, que es como admitir que los verdaderos protagonistas sois realmente vosotros, los posibles lectores, los futuros lectores, porque sin vosotros, sin la presencia física y la colaboración activa de cada uno de vosotros -ya lo he dicho antes-, los libros están muertos y no tienen nada que decir, absolutamente nada. De todas formas, si alguien lleva escondida por ahí alguna pregunta sobre el autor o sobre sus libros o sobre cuanto acabo de decir, estaré encantado de intentar responderla.

viernes, 27 de abril de 2012

NOSOTROS, LOS SUMISOS


Durante toda una década estuve demorando el momento de ceder a mis obligaciones como varón y como español. Primero me escudé en mis estudios superiores y más tarde inventé cualquier excusa para retrasarlo, hasta que, ya casado y trabajando en la enseñanza, me acogí al coladero legal que se dispensaba bajo la fórmula de objetor de conciencia. Por las mañanas me preparaba la prueba para conducir un automóvil, por las tardes impartía mis clases en el instituto, muchas noches dormía en un centro de minusválidos psíquicos al que me habían destinado para completar horas de guardia. El artículo que sigue, escrito en esas coyunturas, fue fotocopiado y alojado en un sobre y después sellado no menos de tres veces en el transcurso de un año, siempre buscando un espacio en la página de opinión del mismo periódico provinciano; hasta que al fin me lo incluyeron y lo volví a leer y lo recorté de un ejemplar, ya reproducido en su tinta multiplicada y ajena, mas acribillado lamentablemente por una errata que juzgué y juzgo imperdonable: ellos mecanografiaron “rendición” donde yo había puesto “redención”.


La verdad, Murcia, 21 de enero de 1997

En la España de mi asustadiza infancia, y aun en la de mi tormentosa adolescencia, los jóvenes dejaban de ser jóvenes y se convertían en hombres hechos y derechos en el instante en que el ejército patrio los reclutaba para cumplir el periodo reglamentario de servicio militar. Besar la bandera en el día de la jura y, a ser posible, adivinando la emoción pronta de la madre o de la novia sentaditas entre el público; encanallarse poco a poco junto al resto de la tropa para no sentir ningún escrúpulo con los novatos de la última remesa; copular con alguna mujerzuela cualquier viernes por la tarde en una pensión de mala muerte; e instigar y compartir el glorioso mamoneo jerárquico sobre el que solía y suele sustentarse la arbitrariedad castrense significaba, al parecer, el trámite perfecto para lograr la definitiva aceptación de la tribu y la sanción social de virilidad que el macho hispano y su futura camada precisaban. De aquel mito de la propaganda fascista, erróneo a todas luces -porque, ¿qué es, al fin, un hombre hecho y derecho?-, hoy apenas si permanece el discurso falsamente enardecido de nuestros padres y abuelos, que sucumbieron también al legítimo orgullo de fabricarse su leyenda para terminar por creérsela a fuerza de seniles olvidos y de rememoraciones infinitas.
            Si en aquel entonces se excluía de tal honor a quienes padecían deficiencias (físicas o psíquicas) y a quienes, en suma, no daban la talla, humillación que algunos arrastraban el resto de sus días, hoy, en cambio, la nómina de los que se libran ha engordado gracias a la recuperación de un concepto, tan ético como íntimo, que existe desde hace siglos y que ya los espíritus religiosos supieron apropiarse como inveterado estandarte de sus credos: hablo de la que llaman conciencia. En efecto, nuestro actual sistema de gobierno ha tenido a bien rehabilitar el vocablo y cuanto significa para, unido a otros, forjar locuciones del tipo de, por ejemplo, libertad de conciencia (como si la conciencia pudiera no serlo en algún caso), votar en conciencia (ídem de ídem, porque qué es votar sino eso, un acto supremo de conciencia) o, inclusive, presos de conciencia (que siempre los hubo, pero que no estaban bautizados). Paradójicamente, hoy, en España, los únicos presos de conciencia son esos jóvenes que no transigen con el anacronismo escandaloso y masculino de la obligatoriedad miliciana; pero no se les pone esa etiqueta bondadosa (sería como reconocer su derecho antibélico de conciencia), sino que se les señala con el seguro lastre de insumisos, lo que en términos jurídicos viene a significar más o menos esto: despreciables individuos que no se someten solidariamente a los mandatos del Estado ni a un servicio tan inútil como discriminatorio (digo sexualmente discriminatorio, según el principio de igualdad que expresa la Constitución de 1976). Antaño no había insumisos, sino desertores, palabra que yo escuchaba de niño en los relatos del abuelo y que siempre anudé con la idea irremediable de tragedia: los desertores, como los exiliados políticos, huían a pie por la frontera de Francia para no regresar nunca, porque el regreso les hubiera deparado un consejo de guerra y, quizás, la muerte.
            Pues bien, entre éstos y aquéllos, entre los asociales insumisos y los honorables mozos de reemplazo, estamos nosotros, los objetores, también nombrados objetores de conciencia. No he de ocultar que la mayor parte de los objetores somos en realidad insumisos de conciencia, pero nos han faltado agallas o nos han sobrado razones para no incurrir en un delito tipificado en el Código Penal. Sin embargo, se nos castiga con cuatro meses más respecto al soldadito de reemplazo y se nos destina a cualquier centro público para realizar una supuesta prestación (pero en absoluto voluntaria) social (que suena tan bonito) y sustitutoria (es decir, de segunda clase), cuyos términos específicos siguen siendo confusos en la práctica, lo que provoca que en el entorno sindical se nos tenga bajo sospecha permanente. El resultado es que nosotros, los objetores, los que no hemos sabido ceder al regio orgullo cuartelario ni tampoco a la valentía suprema de la insumisión, somos en verdad los únicos sumisos de esta historia: castigados sin delito, mal vistos por unos y por otros, no somos más que blanda carne de burgués con nuestros estudios terminados y con la imposibilidad de más prórrogas y con la abrumadora sensación de estarle haciendo el juego al Estado que nos somete; un juego perdido de antemano, porque nos engañaron (y aceptamos el engaño) a conciencia. Nosotros, los sumisos, los prestatarios conformistas, somos también el hermano díscolo de la fanfarronería soldadesca, y somos -necesarios al cabo, como Judas- la redención final del insumiso que soporta su encierro con algunas carencias elementales, sí, pero con la conciencia bien tranquila.

lunes, 2 de abril de 2012

MORATALLA (II)

(Continúa el Pregón de las Fiestas Patronales)

- II -

Leído en Moratalla (Murcia) el 6 de julio de 1996

Para mí, como para ustedes –lo sé-, Moratalla significa mucho más que eso, quizá porque sin ese nombre que siempre irá unido al mío las sensaciones y los caminos de mi infancia hubieran sido otros muy distintos, y desde luego yo no hubiera sido el que fui ni sería ahora el que soy ni estaría en estos momentos aquí, ante ustedes, tratando de explicarme con ustedes este destino que es el mío y que es el de todos ustedes.

Moratalla, la Moratalla que yo he respirado y he sentido y he odiado y añorado y solo ahora empiezo a comprender un poco, con la ayuda de estas reflexiones atemperadas por escrito, esa Moratalla –digo- es también la Moratalla de todos aquellos que emigraron en los años más crudos con una triste maleta bajo el brazo y que ya no han querido o no han podido o las circunstancias no les han dejado regresar; y es también la Moratalla de todos aquellos que supieron y saben lo que son dos días de tren, cargados de esperanza y de ilusión, y lo que son cuarenta o cincuenta días más cortando los racimos ajenos y hundidos en el fango ajeno de un país ajeno, y otra vez dos días de tren rumiados de nostalgias y con un fajo de billetes hasta que se divisa el pueblo desde La Loma y la emoción les llena de lágrimas los ojos; y es también la Moratalla de todos los hijos y de todas las mujeres de entonces, la de quienes compartíamos el falso privilegio de quedarnos aquí, aguardando a los que se iban en un pueblo casi despoblado, la de quienes escribíamos las cuatro letras de rigor y la escueta esquela de la abuela diciendo que al recibo de la suya aquí nos encontrábamos todos muy bien G.A.D., o lo que es lo mismo, gracias a Dios, mujeres e hijos que ya nunca olvidaremos la inefable incertidumbre de esperar a los que se fueron durante incontables noches de frío y de lluvia en aquel cuartucho habilitado para recibir al renqueante coche de línea; y es también la Moratalla de quienes hasta no hace mucho salíamos al atardecer para pedir a los vecinos un palico leña p’al castillo la Purísima, y es la de quienes bailábamos el zompo y jugábamos a la vaca y volábamos nuestras cometas en el Patio de los Yébenes, y es la de quienes todas las tardes nos pateábamos el cerro hasta llegar a Las Balsicas para que los muchachos grandes no nos dejaran intervenir en un partido improvisado que no duraba más de media hora y que solía terminar a pedradas, y es la de quienes asistíamos atónitos a los primeros redobles alevosos y nocturnos en una vieja casa de la calle Palomar donde se ponían a secar las pieles y donde luego se armaban aquellos tambores de cordel que a nosotros, a los críos de aquel entonces, nos sonaban con un misterio especial, con un misterio que desgraciadamente ya no tienen para casi ninguno de nosotros, y es la de quienes apostados durante horas y horas a la entrada del pueblo hemos aguardado en balde la anunciada visita del Tío de la Pita con su tamborilero acompañante y con su clásico tará-tará-tararí, ora pro nobis, y es la de quienes hemos perseguido año tras año el olor antiguo de los boquetes de la infancia, ese olor salvaje a amanecer de pólvora y a pasodoble inequívoco y a madera con resina y a miedo irremediable en la mañana mágica del primer encierro.

Podría seguir enumerando, demostrando con recuerdos que son míos y que son de todos ustedes que esta y no otra es la verdadera biografía de cualquier moratallero, se precie o no de serlo, la historia que siempre ignorarán más allá de las mal disimuladas curvas del Caracolillo y más abajo de la finca de Ulea; porque la verdadera identidad de un pueblo está ahí, está en las calles de la infancia y en los caminos serpenteantes de la primera juventud, cuando todo era expectativa del sentir y todo era sorpresa de los miembros y todo certeza inocente de la felicidad; está ahí, sí, mucho más que en el discurso exaltado y rimbombante y lleno de incursiones librescas muy a propósito con que nos quiera marear cualquier extraordinario pregonero, sea cantante, político, matador de toros o escritor muy vendido, por ilustre que este sea.

No, queridos amigos y amigas, no somos perfectos, ni es precisamente el nuestro el mejor ni el peor de los pueblos, ni necesitamos a nadie que nos venga a pregonar lo contrario como un ángel anunciador de las maravillas del infierno, o viceversa. Pero es verdad que sin ser perfecto ni ser el mejor –porque cualquier pueblo lo es para sus moradores-, este es nuestro pueblo y esta nuestra tierra y este el vínculo que nos une, y es verdad que mucho o parte de lo que somos, bueno y malo y regular, es a este pueblo y a esta tierra y a este vínculo a quien se lo debemos, y es en él –es decir, en nosotros mismo- donde hemos de buscar las respuestas que no nos dará nadie y las soluciones que hacen falta si lo que queremos es mejorarlo y mejorarnos.

Estoy convencido de que no aman más a su tierra quienes continuamente la ponderan y ensalzan, refiriéndose a ella como si no hubiera otra, porque esos que así hacen, aunque no lo sepan, están cegados por el peor de los males de este mundo, que no es otro que la ignorancia satisfecha de sí misma. Ya lo escribió mucho mejor que yo, en apenas dos versos, el poeta Antonio Machado: Castilla miserable, ayer dominadora, / envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora. No, no seamos tan necios como para despreciar lo que no sabemos o no hemos visto, no nos miremos el ombligo como si fuéramos el centro del universo, no nos conformemos tampoco con lo que somos ni hagamos bandera de nuestras mezquindades, ni nos creamos todos los halagos con que nos tientan las lucidas lenguas mercenarias, ni nos revolquemos en el aislamiento narcisista y estéril que propicia la incultura, ni seamos los falsos mesías del falso progreso con que se nos engatusa desde la ignorancia consabida de las instituciones.

No es sino mi profundo amor por este pueblo, que es el pueblo y la tierra de mi gente, el que me obliga a ser tanto más crítico con él que con otros, y es este apego insustituible el que nunca me ha dejado ni me deja ahora transigir con sus defectos –que los tiene, como todos los pueblos, y que no son pocos-, porque me duelen sus defectos y me duelen sus problemas endémicos, porque cada defecto y cada problema de este pueblo que somos todos, ustedes y yo, es también un defecto y un problema mío, que he sido y soy parte de él, y es un defecto y un problema de mis amigos de aquí, y de mis vecinos de aquí, y de los miembros de mi familia que aún viven y de los que ya han muerto, y de nuestros antepasados comunes y lejanos, y de todos nosotros, en definitiva.

No quiero concluir esta lectura sin dejar de animarles, con todo mi afecto y mi respeto, a que disfruten serenamente de los momentos festivos que se aproximan, y, asimismo, confío en que mis palabras de esta noche, lejos de aburrirles como a mí me aburrieron las de otros, les hayan servido de estímulo para la reflexión y les ayuden en el futuro a recuperar la conciencia real de lo que somos y de lo que para nosotros, paisanos todos, significa ser hijos de una misma tierra y de un mismo pueblo al que llamamos Moratalla.

Muchas gracias.

viernes, 30 de marzo de 2012

MORATALLA (I)

Un día indeterminado de 1996, a comienzos de la primavera, recibí en mi casa la llamada de algún funcionario del ayuntamiento de mi pueblo que, sin grandes alardes ni rodeos, en calidad de portavoz del grupo de personas encargado de organizar las fiestas del Santísimo Cristo del Rayo (las fiestas de la vaca, como allí las nombramos), me propuso así, de sopetón, ser ese año el pregonero oficial. Estupefacto, aturdido y al mismo tiempo honrado por el hecho de que mis paisanos hubieran pensado en mí -al fin y al cabo un joven poetilla que se abría paso con dos libros editados en Barcelona-, dije simplemente que sí, y no hice más preguntas, y me puse a trabajar desde entonces en un discurso que yo quería que fuese, ante todo, honesto: para con mis amigos y vecinos, para con mi árbol genealógico, para conmigo mismo y también para con mis hijos aún no nacidos ni engendrados. Sé que hubo unos cuantos doctos locales que no encajaron bien el tono intimista y sincero de mis palabras, pues al parecer se alejaba de la retórica grandilocuente y chauvinista que por norma preside la consabida farsa de estos actos. No me pagaron ninguna dieta, ni yo lo esperaba. Tampoco me agradecieron que me hubiera tomado la molestia de escribirlo en soledad y de leerlo luego desde un estrado. Como colofón, nadie quiso acordarse de incluir el texto en el Programa de Festejos del año siguiente, según mandaban tradición y costumbre. Fue entonces cuando me dije que nunca más.


PREGÓN DE LA FIESTAS PATRONALES

Leído en Moratalla (Murcia) el 6 de julio de 1996

- I -

Queridos amigos y queridas amigas, paisanos todos:

Desde que yo no era más que un adolescente un poco más tímido que ahora y con muchos más pájaros en la cabeza que ahora, siempre he sentido una particular atracción por cuanto se hiciera y se dijera en este acto solemne que hoy nos reúne, en esta lúdica velada llena de tentadoras efigies femeninas, de lecturas poéticas muy floridas y muy ripiosas, y de aburridos discursos coyunturales, preludio todo ello de la semana festiva que se nos promete.

Yo, cuando el portero de turno se apiadaba de mí y me dejaba entrar a la sala (cosa que no siempre ocurría), me sentaba plácidamente ahí abajo, en cualquier butaca de las que ustedes ocupan esta noche, y con ese atrevimiento íntimo que algunas veces nos da la timidez me dedicaba a soñar en ser yo, algún día, quien desde este escenario recitara los gloriosos versos del poema premiado, y me dedicaba después a imaginar cosas inimaginables (mejor dicho, cosas no confesables) que admitían en su afán la presencia tentadora, y sin duda turbadora, de cualquiera de las damas de tan bella y fabulosa corte.

Pero nunca sospeché que mi papel en este acto pudiese ser alguna vez el que hoy represento, esto es, el papel del aburrido pregonero que, con su verbo fácil y diestro en la adulación casi profesional, construye (o permite que le construyan) un discurso serio, sensato, de concilio, a ratos cómplice y a ratos aleccionador, siempre correcto y siempre tedioso y siempre con su justa dosis de altivez académica, mesurado en las necesarias alabanzas y salpicado también, cómo no, de las imprescindibles referencias a nuestras fascinantes leyendas y a nuestras incomparables tradiciones y a nuestras ponderadas reliquias histórico-artísticas.

Sí, aquellos ilustres pregoneros foráneos que yo escuchaba desde mi butaca soñadora –escritores de postín, políticos provincianos y advenedizos, e incluso algún que otro torerillo de cartel- hablaban magníficamente, como libros abiertos, de las bondades innegables de esta tierra y de este pueblo: hablaban de sus parajes excelentes, de su rica huerta y de su extensa serranía, de sus pobladores siempre hospitalarios y alegres, del espíritu festivo que al parecer recorre nuestra sangre desde el principio de los tiempos como si se tratara de un don natural y de gracia exclusiva…

Hablaban de todo eso, es verdad, y hasta ponían a veces todo su corazón y su fe en las palabras que usaban; pero lo hacían -yo al menos así lo percibía- con esa magnífica frialdad de quien lee y lee y en realidad no entiende muy bien el significado profundo de cuanto está leyendo, y no lo entiende porque no lo ha vivido y porque no lo ha mamado, o porque definitivamente su bienintencionado discurso está tejido por esa otra mano solícita y ajena que sabe hurgar en los estantes polvorientos de las bibliotecas para extraer de ahí los fríos datos y las frías noticias que confinan la Historia a unas cuantas páginas cosidas entre dos tapas de cartón. Pero no: ustedes y yo sabemos que esta no es la verdadera Historia; ustedes y yo sabemos que la que nos venden en los libros y en las enciclopedias y en los voluminosos manuales de historia no es, de ningún modo, toda la Historia que merece contarse.

Por eso, cuando el representante de la mayordomía me llamó a mi casa por teléfono para proponerme con toda cordialidad ser el pregonero oficial de las fiestas de este año, yo creí que se había equivocado de número y de persona, pues en primer lugar yo no soy forastero, es decir, yo no me puedo permitir hablarles a ustedes de esta tierra ni de este pueblo y de sus gentes con la descomprometida facilidad con que lo haría, pongamos por caso, cualquier consejero o consejera de cualquier consejería de la Comunidad Autónoma de Murcia; y tampoco soy yo el típico personaje más o menos ilustre o más o menos célebre –ni soy banderillero, ni soy cantante, ni soy deportista de elite- que se plante en el escenario de esta velada solemne con su manojo de folios alquilados y con su empaque de mercenario oficial para leer aburridamente lo que ustedes ya esperan que se les lea, por ejemplo lo bonita que es Moratalla y lo femeninas que son sus mujeres y lo machos que son sus hombres y lo alto que está el castillo y lo encantado que está el peñón que da vida a la leyenda.

¡Cuán fácil es enumerar una tras otra todas y cada una de las excelencias verdaderas y fingidas de un pueblo y de una tierra que no es el nuestro, que no es la nuestra! Lo realmente difícil, os lo digo yo, es subir aquí para hablar ante ustedes de la propia tierra, de la tierra de uno, de la tierra que nos vio nacer y crecer y que luego nos vio marcharnos y que tarde o temprano nos verá volver. Lo difícil es conservar y transmitir la suficiente honestidad para sincerarse con uno mismo y con ese destino mío y nuestro que llamamos Moratalla, con un destino que entre todos compartimos desde el día en que nacemos o desde mucho antes, desde que somos engendrados para merecer este destino, lo queramos o no. Y entonces, a partir de ahí, empezamos a reconocer entre todos que no, que no es verdad, que aunque suene tan bonito de labios de un extraño no es esa que nos venden toda la verdad, y que nos engañan quienes, con sus trajes de entretiempo hechos a medida y con sus finas corbatas de seda, vienen a decirnos desde este estrado que hoy tengo el honor de ocupar que los moratalleros, por el mero hecho de serlo, somos perfectos y maravillosos, y que nuestro pueblo, como no podía ser menos, es el mejor y el más habitable de los pueblos; nos engañan sin mala intención, pero nos engañan, porque esos mismos que vienen a decírnoslo embutidos en sus trajes de entretiempo y con sus finas corbatas de seda podrían decir lo mismo, y dicen lo mismo de hecho, exactamente lo mismo, cuando se les reclama pregonar su discurso en San Sebastián de los Reyes o en Medina del Campo o en La Puebla de Don Fadrique o dondequiera que se les reclame.

(Continuará)

domingo, 19 de febrero de 2012

EL OTOÑO DE LOS TRISTES

Los poemas de El otoño de los tristes se definen como el cancionero de un adolescente enamorado hasta el borde de lo soportable, y constituyen, pues, la memoria de un amor imposible. Sus versos, deudores confesos de mis lecturas de entonces, se me fueron desgranando sin saber cómo entre los otoños fatales de 1984 y 1985, cuando el hombre sumaba sus diecisiete y sus dieciocho años. Entre tanto, el original visitó algunas manos, se editó parcialmente en una revista local y logró una ayuda económica para negociar una posible coedición. Me dirigí a El Bardo, donde ya me conocían, y la propuesta fue aceptada. Antes, en Turín, en febrero de 1993, me había dedicado a pulir aquellas imágenes de juventud, e incluso sucumbí al atrevimiento de dedicárselas públicamente a una musa con nombre y apellido. El libro se presentó junto a Todo el tiempo, de María Pilar López (veterana autora ciezana fallecida en 2006), en La Puerta Falsa, ese emblemático antro de la ciudad, y tuvo la deferencia de venir desde Barcelona la editora de El Bardo, Amelia Romero. Me acompañó en la mesa, en esta mi segunda alternativa, el ínclito Javier Orrico.

LA MARGINALIDAD DE LA POESÍA

Leído en Murcia, el 14 de junio de 1995

No nos engañemos: la presentación de un nuevo libro es un acto social que, tratándose, además, de un nuevo libro de poesía, carece por completo de cualquier relevancia social, al menos más allá del menudo ámbito en que nos encontramos.

Por eso, no seré tan ingenuo como para pensar o sospechar que mi libro o yo mismo pudiéramos competir ni de lejos con el partido de fútbol que ahora televisan, ni con la sesión de cine que hoy se abarata por ser miércoles, ni con la espléndida tarde de junio que luce ahí afuera.

Antes al contrario, comprendo que este acto pretendidamente social, pero que sin duda no pasa de marginal y minoritario, debe huir de cualquier modo de competitividad, no ha de rebajarse a ese comercio mundano, porque ese comercio, ese espíritu consumista que nos consume, se opone frontalmente al ser íntimo de la creación y a la voluntad casi clandestina del artista verdadero.

Si vosotros -ustedes- y yo mismo estamos aquí es porque ya hemos optado, ya hemos elegido frente al partido que televisan y frente a la sesión barata de cine y frente a la espléndida tarde que tenemos ahí afuera; ya hemos optado, digo, libremente y sin ningún tipo de coacción (salvo la coacción tácita que anida en la amistad, que es inevitable y disculpable); ya nos hemos decantado por esto que tan altaneramente, casi con altanería gongorina, yo llamo la marginalidad de la Poesía.

Porque así fue y así será siempre la Poesía: marginal, minoritaria. No por un capricho elitista o por un burdo aristocratismo que estoy muy lejos de compartir, sino porque, así de sencillo, para degustar y apreciar eso que responde al nombre de Poesía, para percibirlo y disfrutarlo y hacerlo tuyo, hay que ser casi tan poeta como quien escribe.

En fin, lo que quiero decir, para abreviar, es que no creo que los aquí presentes, o la inmensa mayoría de los aquí presentes, precisemos palabras de gratitud por haber venido. Si estamos es porque nos importa, porque nos sentimos vinculados al solitario vicio de hacer versos (palabra de Gil de Biedma) y porque el que más y el que menos se siente partícipe de ese vicio, de ese juego, sea como escritor o sea como lector, que lo mismo da.

Y quiero suponer que la excusa de la presentación de este libro era la razón más digna que hubiéramos podido darnos para sacrificar el partido de fútbol que hoy televisan, y la sesión de cine más barata de la semana, y hasta la espléndida tarde (ya casi noche) que nos aguarda ahí afuera.

No obstante, como estaremos de acuerdo en que ni lo cortés quita lo valiente ni es de bien nacidos ser desagradecidos, quiero aquí dejar constancia de mi gratitud, no tanto a las instituciones que financian este proyecto editorial como a las personas que, al frente de esas instituciones, han confiado en los valores literarios de mi libro -llámese Amelia Romero, llámese Javier Marín-, personas que supieron andar los pasos que tenían que andar para que finalmente este manojo de poemas haya visto la luz de la edición.

Dicho lo cual, pienso que lo que me corresponde ahora, como autor, es leer algo que pueda servir de anticipo a lo que se esconde en estas páginas de El otoño de los tristes, un libro que se escribió hace una década -en aquellos años en que “los años eran largos como años y duraban años”, según sentencia el verso de mi padrino aquí sentado, Javier Orrico- y cuya versión, hasta ahora definitiva, reescribí hará un par de inviernos, durante una temporada de dos meses fuera de España.

jueves, 2 de febrero de 2012

LA MANO EN EL FUEGO

Entre 1993 y 1994 me sucedieron cosas que, transcurrido el tiempo y sus mudanzas, debo juzgar cruciales en el tejido de mi vida: sucesivamente, logré una beca de estudios en Turín (de la que todavía se alimentan mis musas); regresé al pueblo y a la casa de los padres como a un refugio de invierno (fui una especie de Quijote tras su primera salida); aprobé las oposiciones de profesor de enseñanza secundaria cuando ya no lo esperaba (después de los años, todavía me despertaba la pesadilla de que alguien me llamaba para decirme que no era verdad, que había sido un error administrativo); contraje matrimonio por la iglesia sin creer en sus creencias y me dejé arrastrar por toda la pompa socio-familiar que (así lo creí en aquel entonces) me pedían las tradiciones; encajé la muerte prematura, accidental, de un primo que también hubo sido el amigo más cercano de mi niñez y de mi adolescencia. En este contexto, el verano de 1994 –tórrido entre los tórridos- los montes de mi tierra ardieron con una furia desconocida, a la par que se insinuaba el estupor y la indignación de los vecinos, y a mí no se me ocurrió mejor cosa que solidarizarme y, arrogándome un cierto estatus de portavoz de los que no la tienen, denunciar públicamente la desidia y la mala gestión de las autoridades.


Diario 16 Murcia, 15 de julio de 1994

Enemigo que soy de las efusiones verbales en caliente, pues por lo común deslucen la verdad fría de los argumentos, he aguardado a que pasara el fuego, y con él los días y las noches de su espectacular protagonismo, para que la inefable indignación de entonces ceda ahora su sitio al discurso razonado y prudente que la circunstancia exige. Porque es precisamente ahora, cuando ya ardieron tantísimas hectáreas de monte y cuando el ceniciento pueblo de mis mayores (y también mí, fatalmente) se engalana con banderolas rojigualdas para recibir a las vaquillas, es ahora, digo, el momento de escudriñar en los rescoldos para recabar el cómo y los porqués de lo sucedido, aun a riesgo de que los tunantes electos y no electos que nos representan (o cualquiera de sus secuaces, que nunca les faltan) no tarden en elevarme a la regia categoría de aguafiestas.
Mi educación literaria, a menudo tan literariamente traicionera, pugna ya por abocarme sin escrúpulo al recurrido parafraseo de una cita novelesca que, desde que la autorizara su hacedor, hace casi tres lustros, campea en el universo siempre mediocre de los titulares periodísticos; sin embargo, por más que nos resistamos a admitir semejante cúmulo de casualidades prohibidas a la ficción, lo cierto y verdad es que el reciente desastre de Moratalla se nos confirma como la crónica lamentable de un incendio durante mucho tiempo anunciado. Aquí no caben fáciles justificaciones exculpatorias que apelen a las adversas condiciones climatológicas de una época significada por eso, por sus adversas condiciones climatológicas; tampoco caben vagos comentarios sobre lo abrupto (o “exabrupto”, como mal dijo el edil cariacontecido a la pantalla del televisor) del terreno; ni confusas evasivas acerca de la exasperante ausencia de medios materiales que pudieran intervenir con eficacia, por hallarse trajinando en otros frentes. La primera y la segunda excusas no nos valen porque se trata de constantes naturales con las que se debería haber contado de antemano, y la tercera nos vale menos, porque, según he sabido, la autonomía política también se aplica en materia de extinción de incendios, y no es de recibo aguardar la ayuda de quien, como nosotros, también se ahoga (por humo, que no por agua).
Antes al contrario, aquí lo que urge es explicar bien alto y claro a los resignados contribuyentes por qué, por ejemplo, en una extensión arbolada de más de treinta kilómetros de largo no había ni un solo cortafuegos preventivo; y por qué no se había practicado una política consensuada de limpieza de bosque, a iniciativa de los agentes forestales, regionales y/o municipales, que para eso se les paga; y por qué se achaca el inicio del fuego al supuesto rayo caído durante una tormenta seca ocurrida de madrugada, pero el hecho se descubre a mediodía, varias horas después; y por qué a los dos pomposos hidroaviones aparcados en San Javier no les funcionan las alas cuando se requiere su servicio; y por qué se emplearon varios cientos de millones de pesetas en sendos proyectos turísticos –un camping y un hotel de no sé cuántas estrellas- que, como se ha demostrado, no reunían la seguridad geoecológica elemental para afrontar casos como este; y por qué tuvieron que transcurrir dos soles completos y dos lunas completas antes de que el negro cielo del noroeste murciano fuera surcado al fin por un aparato digno de las dimensiones del siniestro. ¿Por qué, trajeadísimos tunantes, electos y no electos?
Al tercer día, como en el evangelio, se anunció a bombo y platillo la presencia inminente del vice y de su ministro, que osaron sobrevolar no solo las cenizas, sino también, y sin ellos saberlo, nuestro “pantano electoral”, de caracteres guadianescos, que tiene el don de aparecer y desaparecer de la imaginación de los políticos locales según se aproximen o se alejen las fechas de los comicios cuatrienales, desde que el rito del voto se implantara felizmente. Y mientras ambos dos, el vice y su ministro, codo con codo, retaban los límites de nuestra crecida indignación desde el barbado rostro de su desvergüenza volandera, a uno, henchido de reminiscencias literarias, le vino entonces a las mientes la escena aquella del cuento aquel de Juan Rulfo, cuando los lugareños desconfían de la ayuda que el gobierno les promete y conceden no saber nada de la madre del gobierno, que desde luego no era la patria, porque el gobierno aquel, como es sabido, no tenía madre.
Ignoro por completo las concretas competencias de la Administración en lo que concierne a la conservación de la Naturaleza, entre otras cosas porque me consta que ya la propia Administración se encarga de ramificar solapadamente sus competencias para, así, mejor defenderse de las eventuales imputaciones. Llámese ICONA, llámese Asamblea Regional o llámese Ilustrísimo Ayuntamiento, aquí lo que se baraja, de cualquier modo que se mire, es un caso más de intolerable ineficacia, lo mismo antes que durante y –mucho me temo- también después de la desgracia. Una esperanzada definición de la Historia, con mayúscula, nos persuade de que, conociendo los errores cometidos en el pasado, entenderemos mejor nuestro presente y seremos capaces de prevenir los inconvenientes del futuro. Yo, por mi parte, creo haber captado el fatal presente de esta historia, con minúscula, y me duele admitir que no albergo ninguna fe en que el futuro sea más venturoso. Lo sé, soy un escéptico: basta verles la cara a los protagonistas de la trama para predecir que todo va a seguir igual, pues peor ya no es posible. A tal punto me alcanza esa convicción, que –valga por esta vez la imagen- podría poner mi mano en el fuego; ojalá que los hechos me nieguen la razón, so pena de abrasarme en el rigor de tan atrevida paradoja.

viernes, 9 de diciembre de 2011

IMÁGENES DE ARCHIVO (1967-1991)


Desde el principio viví como un milagro que la colección de poesía El Bardo se interesara por mi libro y accediera a publicarlo. Antes de eso, el mecanuscrito permaneció casi dos años acumulando polvo en las dependencias de la Editora Regional de Murcia, hasta que mi impaciencia veinteañera lo rescató en un arranque de orgullo y decidió moverlo hacia un par de editoriales, una de Madrid y otra de Barcelona. De la primera nunca obtuve ni un mísero acuse de recibo; de la segunda sí me llegó esa respuesta afirmativa que, no obstante, quedaba supeditada a condiciones financieras ventajosas para ambas partes: a mí no me costaría un duro y a ellos tampoco. Así que acepté el reto; y como me sobraban el tiempo y la ambición y no tenía nada que perder, me apliqué a mendigar la compra anticipada de ejemplares a media docena de instituciones públicas y privadas con las que me ligaba alguna relación literaria gracias a ciertos premios y a ciertas publicaciones, hasta reunir casi dos tercios del presupuesto pactado. Cuando al fin recibí el libro y acaricié sus pastas me asaltaron sensaciones contradictorias que tal vez algún día comparta con el lector en otro espacio, no aquí. En la escena siguiente me veo indagando el prestigio de un profesor, de nombre Javier Díez de Revenga, que accedió a apadrinarlo y que no mostró remilgos a la hora de acompañar a un principiante en la presentación de su obra, lo que se hizo en la sala de una entidad bancaria, una tarde lejana de aquel junio cuajado de esperanza.


¿MI PRIMER LIBRO?

Leído en Murcia, el 15 de junio de 1993


Cuando se me insinuó la posibilidad de presentar este libro (que es el primero que publico, aunque no ópera prima) pensé con desconocido terror en la probable banalidad del acto social que ello comporta, y también, cómo no, en la vaga dosis de exhibicionismo que sin duda lo determina; pues entiendo que el hecho de que sea yo quien está aquí sentado es una circunstancia añadida, otra más, al amplio cúmulo de circunstancias que intervinieron en su escritura y en su consiguiente edición, y no responde sino a la moderna exigencia de vincular la obra al sujeto que la ejecutó y así dotarla de una paternidad, esto es, de legitimar su existencia.

Hecha esta breve captación de modestia, de la que quiero servirme inmodestamente para dar cauce a mis palabras, paso a comentar algunos aspectos del libro que hemos venido a conocer. Advierto de antemano que mi intención no es venderlo (en poesía no hay derechos de autor, y si los hay nunca llegan), ni tampoco pregonar sus virtudes ni silenciar sus flaquezas (que de eso ya se encargarán otros mucho mejor que yo), sino que, con humildad y altivez al propio tiempo, deseo ofrendarlo a los eventuales lectores desde esa zona desapasionada que hoy piso: la de quien engendró una criatura que ya se le ha emancipado por derecho, que ya le resulta casi irreconocible.
Por eso creo que lo que en primer lugar debiéramos preguntarnos es si es lícito, desde un ángulo estrictamente intelectual, que un artista, que un escritor, teorice a posteriori sobre su propia obra, y si es mínimamente rentable escudriñar bajo las faldas volanderas del poema para sorprender y denunciar fatigadas simbologías, trillados artificios o supuestas conexiones desde esa óptica concreta: la del propio autor. Mi opinión, por descontado, es que sí, y ello pese a la previsible sensación de ignorancia que de tal reflexión, o autorreflexión, se desprende las más de las veces, ya que, como es bien sabido, el poema, el verso, siempre dicen o deberían decir más y mejor de lo que uno es capaz de explicar después. Sin embargo, repito, esa labor me sigue pareciendo culturalmente imprescindible, por dos razones: porque toda emanación artística tiende a generar comentarios críticos, desde los cuales se justifica y consolida en tanto que valor de cultura; y porque el artífice de un cuadro o de una pieza musical (también el de un libro) se sabe de algún modo perpetuamente condenado a un destino de aprendiz, y sabe además que el ejercicio de la autocrítica (la más intransigente de las críticas, sin ninguna duda) es arma valiosísima para conocerse a sí mismo y, por consiguiente, para madurar y mejorar en las entregas sucesivas.
Dicho esto, continuaré con una obviedad: el mío es un libro de poemas escrito en lengua castellana; lo que significa, de entrada, la adopción de un código literario y lingüístico muy específico, así como de una tradición de género, cultural, no excluyente, pero sí definitoria. Un libro de poemas que he bautizado con el sintagma o frase Imágenes de archivo, título que incorpora, además, entre paréntesis, dos cifras separadas por un guion: 1967 y 1991. La pregunta es inmediata: ¿por qué ese título tan de telediario de otra época, y por qué ese paréntesis cifrado que acota un espacio temporal de veinticinco años?
Bien, el título no es más que un juego, y juego muy serio, por otro lado, como acaso lo sea todo el volumen. El membrete “imágenes de archivo” apela, al menos, a tres sentidos diferentes, que se superponen en la lectura de modo significativo. Uno, el más evidente quizás, se apropia de lo que durante muchos años fuera moneda corriente en el llamado ente público (Televisión Española), que, como algunos recordarán, cuando no contaba para sus informativos con filmaciones frescas, del día, se conformaba con recuperar cintas antiguas que ilustraran aquello que se decía, advirtiéndolo gráficamente en el margen superior de la pantalla. Una segunda lectura es la que se corresponde con la alusión a la poesía -filtrada pero muy sugestiva- en tanto que tal poesía, pues un libro de poemas (¿cualquier libro de poemas?) comienza y termina siendo eso: un compendio de imágenes, pero de imágenes poéticas, que permanecen archivadas entres sus pastas. Por fin, parece inevitable la alusión al famoso y controvertido axioma, que engloba certeramente a los dos anteriores, cual es el que presume que “una imagen vale más que mil palabras”, para concluir por mi parte concediéndole una verdad tan sólo parcial: sí, de acuerdo, una imagen vale más que mil palabras, pero más, y sobre todo, si se trata de la imagen que es capaz de instaurar verbalmente el poeta.
Respecto a las dos cifras del paréntesis, es claro que se imponen asimismo con un doble significado, casi paródico, mas no tanto. En efecto, suelen los poetas, cuando deciden reunir su obra toda en un tomo antológico, delimitar con dos fechas concretas el concreto espacio de tiempo que esa obra necesitó para ser gestada. Jugando con esa interpretación, probablemente ingenua, he querido yo señalizar (con absoluta seriedad, es cierto) de qué año a qué año archiva imágenes este libro: exactamente, desde 1967 a 1991, o lo que es lo mismo, durante el primer cuarto de siglo de la vida del autor. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el poemario atiende sin pudor a una pretensión implícita y, me parece a mí, también muy legítima: imbricar autor y obra en un proceso de la memoria que pasa, necesariamente, casi por el autobiografismo (bien que poético), constituyéndose por tanto en un documento de experiencia personal, ahora y para siempre congelada en una sucesión de imágenes, no por casualidad, poéticas.
Así, el libro se nos muestra como creación en movimiento, en paralelo a la propia vida de quien les habla, y se instala sobre una estructura triádica que viene a coincidir aproximadamente con la infancia y sus sueños (en la primera parte), con la adolescencia y ricas contradicciones (en la segunda), y con la juventud y sus sanas rebeldías (en la parte tercera). Si se respeta el orden de los poemas, creo que no será difícil advertir una evolución interna que camina poéticamente desde la transparencia casi cinematográfica de los primeros hasta los típicos poemas de amor (o de desamor quizás), pasando por el verso paródico y por el aforismo; y de ahí a una última sección que acoge una propuesta agitadora, incitadora, no sé si también insumisa (atendiendo a la moda reciente, antimilitarista, del vocablo), propuesta que quiere revelarse en su inconformismo o en su disidencia tácita, y que anhela la complicidad de cada uno de los posibles lectores.
Si en los años setenta los denominados poetas “novísimos” se valieron de un programa culturalista y en la década de los ochenta se ha vuelto a un realismo intimista y a los temas clásicos de la poesía, yo, en este libro, lo que he pretendido es reivindicar esa ausencia de verdadera complicidad (o de provocación abierta, diría) que noto en ambos extremos. Mi voluntad en muchos momentos no era tanto crear el poema como ironizar sin complejos sobre el proceso de creación del poema. No sé si hay algo de vanguardismo o de seudovanguardismo en estos propósitos; seguro que sí, y más si tomamos la palabra “vanguardia” en su estricto significado de reacción contra lo inmediato precedente (o de rebeldía contra el padre, que definió Eugenio D’Ors).
Antes de pasar a leer algún texto que ojalá acierte con el tono general del volumen, no quiero dejar de subrayar una de las citas que lo presiden, concretamente del pensador rumano Cioran, quien en su ensayo Contra la historia escribe lo que sigue: “Un libro debe remover heridas, provocarlas, incluso. Un libro debe ser un peligro”.
Y ahora, con ese buen deseo, vayamos a los poemas, anticipando, eso sí, que son poemas cuyo más alto significado se alcanza en el contexto de todo el conjunto: quiero decir que quizá se aprecien mejor como partes de un todo que como creaciones independientes.